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Analistas 15/05/2026

El autogol de la estrategia

Juan Carlos Zuleta Acevedo
Consultor en Emprendimiento e Innovación

En el fútbol, algunos de los errores más costosos no los provoca el rival, sino el propio equipo. Decisiones apresuradas, cambios sin mucha claridad o falta de rumbo terminan afectando más que cualquier jugada del contrario. Son, en esencia, autogoles. Y ese mismo tipo de error ocurre con frecuencia en la forma en que se gestionan los equipos y las empresas.

En el fútbol colombiano hay una práctica que se volvió casi normal: cambiar de técnico permanentemente. Un par de malos resultados, una racha corta o la presión del entorno, y se toma la decisión. Se busca una solución rápida, como si el problema estuviera en una sola persona o como si el cambio, por sí mismo, fuera a arreglar lo que no está funcionando. Pero muchas veces eso solo da la sensación de que se está haciendo algo, sin resolver el problema de fondo.

Parte del problema es que no siempre está claro qué es lo que se está cambiando. Se cree que la estrategia es ganar, jugar bien o llenar estadios. Pero eso no es estrategia: es el resultado que todos esperan. La estrategia es otra cosa: es la forma coherente y sostenida en la que un club busca competir y generar resultados deportivos y económicos en el tiempo. Es cómo decide jugar, qué tipo de jugadores busca, qué tan dispuesto está a pensar en el largo plazo y cómo combina resultados inmediatos con sostenibilidad.

Cuando un equipo cambia de técnico permanentemente, muchas veces no está corrigiendo su estrategia, sino reaccionando a los resultados sin entender bien el problema. No se sabe si lo que está fallando es la ejecución, la calidad del equipo o la coherencia del proyecto. Se cambia a la persona visible, pero no necesariamente la causa. Y en ese proceso se pierde algo clave: la consistencia.

Sin consistencia no hay aprendizaje. No hay forma de saber qué funciona y qué no, ni de diferenciar entre un problema de ejecución y uno de enfoque. No hay tiempo para que una idea madure ni para que el equipo se adapte a una forma de jugar. Todo se vuelve reactivo, fragmentado y de corto plazo, y el equipo termina cambiando una y otra vez sin avanzar de manera sostenida.

En las empresas pasa lo mismo. Hay organizaciones que, cuando los resultados no son los esperados, empiezan a cambiar de estrategia con rapidez. Ajustan prioridades, redefinen objetivos, lanzan nuevas iniciativas o cambian equipos con la intención de mejorar, pero en ese proceso pierden claridad sobre el rumbo y debilitan su capacidad de ejecución.

Una estrategia no siempre falla porque esté mal. Muchas veces falla porque no se le da el tiempo suficiente para ejecutarse bien. Cambiar de forma permanente impide aprender, no permite ajustar con criterio y genera incertidumbre en los equipos, que dejan de entender hacia dónde van y empiezan a reaccionar a cambios sucesivos en lugar de ejecutar con claridad.

Eso no significa que no haya que ajustar. Claro que hay que hacerlo cuando la realidad lo exige. Pero no es lo mismo ajustar que cambiar todo por presión. No es lo mismo corregir con información que reaccionar por impulso. Los equipos que funcionan bien no son los que nunca cambian, sino los que saben cuándo hacerlo y, sobre todo, por qué hacerlo.

Al final, tanto en el deporte como en la empresa, los resultados sostenibles no vienen de cambiar todo el tiempo, sino de ejecutar bien una idea con disciplina y consistencia. Cambiar puede ser necesario. Pero cambiar sin entender qué se está cambiando casi siempre es un autogol.

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