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La economía global vuelve a mostrar desbalances externos que recuerdan los de comienzos de siglo.
China acumula amplios superávits comerciales, reflejo de un ahorro que supera con creces su inversión, mientras Estados Unidos profundiza su déficit en cuenta corriente con una política fiscal expansiva: su deuda pública ya supera los US$40 billones. Por ahora, nada sugiere que estos desbalances vayan a corregirse en el corto plazo.
A esto se suma un cambio en la naturaleza de las exportaciones chinas. Tras la guerra arancelaria con Washington, China diversificó destinos y añadió a su oferta bienes de mayor valor agregado como vehículos eléctricos, maquinaria y productos farmacéuticos.
Es lo que algunos analistas llaman el China Shock 2.0. Hay quienes sostienen que este impulso se explica también por un yuan subvaluado, que estaría entre 20% y 30%, según distintas estimaciones.
América Latina no es ajena a esta realidad, pero cada país cuenta una historia diferente. Brasil, Chile y Perú registraron en 2025 superávits comerciales con China gracias a sus ventas de granos, semillas y cobre. Colombia, en cambio, tuvo un déficit de US$18.000 millones, el mayor de la región.
Nuestra canasta hacia ese mercado sigue concentrada en combustibles, metales y café, mientras Ecuador, Uruguay y Argentina han logrado posicionar pescados, carnes y cereales. El país carece de una estrategia de largo plazo para penetrar el mercado chino y de proyectos agroindustriales con la escala que exige el gigante asiático.
El frente importador es aún más llamativo. En los doce meses a junio, el déficit con China ronda los US$20.000 millones. Solo en junio, las importaciones desde ese país llegaron a US$1.888 millones, 35% más que un año atrás.
A este ritmo, las importaciones desde China podrían superar los US$22.000 millones en 2026. Las compras de vehículos se han multiplicado por más de cuatro desde 2018 y son la categoría que más participación ha ganado.
El contexto cambiario refuerza esta tendencia. El peso se ha apreciado de manera significativa en términos reales en los últimos meses y, frente al yuan, el tipo de cambio real bilateral se ubica en niveles no vistos desde 2009-2010, cuando Colombia se encontraba en pleno auge petrolero. Un peso fortalecido es positivo para los consumidores, ya que acceden a productos más sofisticados a precios competitivos y la inflación de bienes se modera.
No obstante, los riesgos no son menores. De continuar esta tendencia, la cuenta corriente de nuestro país se irá deteriorando, lo cual es preocupante dada la ya alarmante situación fiscal. La conjugación de estos dos déficits podría dejar a Colombia expuesta a una interrupción abrupta del financiamiento externo, como ocurrió a finales de los años noventa.
Además, algunos productores nacionales difícilmente podrán competir en las actuales condiciones. En esos casos, la presión externa puede acelerar ajustes con costos en empleo y actividad.
Colombia poco puede hacer frente a las fuerzas globales que originan estos desbalances, pero sí puede buscar enmendar sus propios desequilibrios. El nuevo Gobierno debe perseverar en el ajuste fiscal, sin descuidar la reconstrucción tras el terremoto. Un menor déficit reduciría la presión de los flujos en dólares que explican parcialmente la apreciación del peso. El sector privado, por su parte, debe apostar por abrir mercados en Asia con el respaldo del sector público.
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