¿Para qué sirve la democracia?

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El pasado viernes 1 de febrero asistí a un estupendo conversatorio en el Hay Festival de Cartagena, titulado “El fracaso de la democracia”. La charla contó con la participación de Sarah Churchwell (autora estadounidense), Philippe Sands (abogado británico experto en derecho internacional) y Mark Thompson (el CEO de The New York Times), así como la impecable moderación de la periodista Andrea Bernal, la mejor del evento.

Inicialmente, el título de la charla me enterneció. ¡¿Cuál fracaso?! No puede haber “fracasado” la democracia cuando 74% de los países del mundo, 145 de los 195 que considera el índice “Freedom in the World 2019”, albergan hoy democracias electorales, mientras en 1922 apenas lo hacían 29.

Sin embargo, mi ternura se disipó apenas la moderadora abrió el debate preguntando si se puede hablar en serio del fracaso de la democracia o, más bien, sucede que, debido a su rotundo éxito como modelo político, la gente cada vez espera de ella más de lo que puede dar.

Y ese es justamente el punto que quiero tratar: la decepción generalizada con la democracia (en 2018 solo 24% de latinoamericanos declaró estar satisfecho con ella) proviene del desconocimiento de sus limitadas capacidades como método político.

Comencemos por decir para qué no sirve la democracia. No sirve para elegir buenos gobernantes. Basta con recorrer la historia política reciente para advertir que, con demasiada frecuencia, los electorados eligen ineptos funcionales para los más altos cargos, y es solo gracias a la tecnocracia generalizada en las democracias modernas (el gobierno de los expertos no elegidos popularmente) que presidentes como Trump no destruyen sus países.

La democracia tampoco sirve para garantizar la toma de buenas decisiones políticas. Aplicar la regla de mayoría solo asegura que la decisión será democrática, pero no correcta. Con el agravante de que, según la creciente evidencia empírica, el votante promedio está profundamente desinformado y por ende tiende al error sistemático en sus preferencias electorales.

Otra ficción que es incapaz de materializar la democracia (y cualquier modelo hasta ahora ensayado) es el “gobierno del pueblo”. En todo régimen político siempre gobierna una minoría. Y por fortuna es así, pues es la única forma en que puede funcionar el capitalismo: cuando el personal político profesional libera a los demás ciudadanos de la carga de gobernar, para que puedan ser productivos.

¿Para qué sirve entonces la democracia? Para que nos matemos menos. Al resolver de manera pacífica el problema de la titularidad del poder, la democracia disminuye la violencia tanto interna como interestatal y ese es su mayor valor agregado respecto de los demás sistemas de gobierno. La evidencia a favor de la “teoría de la paz democrática” es lo que justifica que aún nos aferremos al “peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”, según Churchill.

Posdata: quien quiera profundizar en el argumento central de esta columna, puede leer este libro que publiqué en 2015: https://amzn.to/2V3fGUe

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