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Salario mínimo y mercado interno

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Además de la inflación, la discusión sobre el salario mínimo debería considerar el estímulo al mercado interno. De la conjunción de ambos factores se desprendería un aumento del mínimo entre 8,5% y 9%. Si la inflación al final del año llega a 6,5%, el componente de demanda oscilaría entre 2 y 2,5 puntos.

En otros años se ha propuesto que el salario sea el resultado de la suma de la inflación más la productividad. El problema siempre ha sido la determinación del nivel de productividad. El valor que el gobierno suele llevar a la mesa de negociación, y que se denomina productividad multifactorial, se obtiene de estimaciones de la función de producción agregada, que son altamente sensibles a los supuestos. De esta caja negra, que se cubre con un discurso tecnológico sofisticado, resulta una cifra misteriosa e incomprensible, que es la expresión de la opción política del gobierno, más que una medición objetiva de la productividad. Este año, como la inflación ha sido más alta de lo esperado, no se le ha dado énfasis a la productividad.

Los empresarios le atribuyen dos consecuencias perversas al aumento del salario. La primera es un crecimiento de las expectativas de inflación, y la segunda es la reducción del desempleo. Y estas dos consecuencias las presentan como si fueran leyes económicas absolutamente indiscutibles. Ambas apreciaciones son discutibles. La inflación no ha crecido por culpa de los salarios sino porque durante más de 10 años se desconocieron los efectos nefastos que podían ocasionar la enfermedad holandesa. En medio de la bonanza se negaron los síntomas del mal, y se desconoció que las economías de enclave asociadas al petróleo y a los minerales estaban creando condiciones propicias para debilitar el aparato productivo. 

Hay inflación porque la política económica fue condescendiente, durante más de 10 años, con el aumento de las importaciones, y con la caída de la competitividad industrial y agropecuaria. Mientras que el país importaba 11 millones de toneladas de alimentos básicos cada año, el optimismo del ministro de Hacienda lo llevaba a afirmar que la economía colombiana era la segunda en el mundo, después de China. La solución definitiva contra la inflación es el aumento de la productividad y de la competitividad, y como ello toma tiempo, lo más fácil es afirmar que los altos salarios son los responsables de la inflación. Este discurso olvida, además, que los mejores salarios son un estímulo al aumento de la productividad y a la modernización empresarial.

Tampoco existe una relación evidente entre salarios altos y desempleo. Todo lo contrario, si los salarios mejoran el mercado interno se dinamiza, la inversión sube y el empleo crece. Desde esta perspectiva, es necesario consolidar el mercado interno. Y gracias a la devaluación existen condiciones propicias para que la demanda doméstica se fortalezca. Puesto que los productos importados se están encareciendo, los empresarios nacionales deberían entender que si el salario es más alto, la capacidad de compra es mayor y, finalmente, las ganancias aumentarán. Y, además, el aumento del salario favorece la lucha contra la pobreza y contribuye a la equidad, que es uno de los tres ejes del Plan de Desarrollo del Gobierno.

Las bondades de los mayores salarios no se entienden porque la miopía empresarial es profunda y, además, porque la tecnocracia económica pretende convertir en ley unas interacciones que son muy frágiles conceptualmente.
 

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