Analistas

Octubre de 1917

Hace 100 años triunfó la revolución bolchevique, que puso en práctica una concepción radicalmente diferente de la economía. Gracias a Lenin y a sus seguidores, el fantasma del comunismo empezó a tener visos de realidad.

El Manifiesto del Partido Comunista de 1848, de Marx y Engels, comienza afirmando “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Contra este fantasma se han conjurado en una santa jauría, todas las potencias de la vieja Europa, el papa y el zar, Maternice y Guisote, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Para Marx y Engels era evidente que el comunismo terminaría por imponerse porque con la revolución comunista “… los proletarios no tienen nada que perder, sino sus cadenas. Por el contrario, tienen todo un mundo entero que ganar”. El Manifiesto es optimista. Primero, porque la situación de la clase obrera en Inglaterra, Francia y Alemania era insoportable. Este diagnóstico lo compartían liberales y comunistas. Las mejores descripciones las hizo la literatura en textos maravillosos como los de Dickens o Hugo. Segundo, porque de acuerdo con el análisis marxista el capitalismo tenía contradicciones insolubles, como la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, que llevarían al colapso del sistema. Y, tercero, porque el desarrollo del capitalismo estaba agudizando el conflicto entre las clases, y esta tensión entre proletarios y burgueses únicamente se podía resolver a favor de los primeros. En la Dialéctica del Amo y del Esclavo, Hegel pone en evidencia la supremacía del esclavo, que puede ser sin necesidad del amo, mientras que éste queda desnaturalizado sin el esclavo.

El triunfo de Lenin en 1917 tuvo una incidencia notable en la conformación de las sociedades contemporáneas. El capitalismo de hoy tiene muy poco que ver con el capitalismo manchesteriano del siglo XIX. Y el socialismo contemporáneo está muy lejos de los diseños esbozados por Marx, y de las proclamas soviéticas de la primera mitad del siglo XX.

Frente a la inminencia de la extensión de las ideas sociales, sobre todo después del triunfo de Mao en China, los países capitalistas comenzaron a aplicar las ideas de los liberales radicales de finales del siglo XIX. Y siguiendo a autores como Mill y George, se terminó aceptando que la libertad, y que la propiedad privada de los medios de producción se podían mantener únicamente si iban a la par con altos impuestos y con políticas distributivas que mejoraran el bienestar de la población. Como resultado de ello, el capitalismo actual no es comprensible sin altísimas dosis de intervención del Estado. En los países capitalistas del norte, el gasto público como porcentaje del PIB es superior a 45%, y en algunos casos llega a 50%. Y los socialismos modernos se han visto en la necesidad de ir ampliando, cada vez más, la esfera del mercado.

En el mundo de hoy, la complejidad de las economías ha reconfigurado la distinción entre proletarios y burgueses. Las clases medias han ido creando una zona cada vez más amplia, en la que se combinan intereses de muy diverso tipo. Las nociones de explotación y de trabajo productivo, tan caras a Marx, han perdido su significado original. Y en medio de estas simbiosis todavía queda en pie el ideal ético del comunismo: que cada quien aporte a la sociedad según sus capacidades, y reciba de ella según sus necesidades.