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Masoquismo contable

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Jorge Iván González - jorgeivangonzalez29@gmail.com

En la actual coyuntura en la que se combinan tres elementos: abundancia de reservas internacionales, recesión y depreciación del peso, y en medio de la emergencia económica, es necesario volver a reflexionar sobre la forma como se contabilizan las reservas. En el balance fiscal se presenta una especie de maniqueísmo masoquista. Mientras que la depreciación afecta de manera negativa el balance fiscal a través del aumento de la deuda externa, no tiene efectos fiscales en el momento en el que las reservas se valoran en pesos.

Cuando se observan los balances macro desde una perspectiva general se constata una asimetría en el tratamiento de la depreciación. Por el lado de los activos (reservas internacionales) no se permite que el Gobierno haga uso de los excedentes derivados del ajuste de cambio. Pero por el lado de los pasivos (deuda externa), las pérdidas causadas por la depreciación sí se incorporan en el déficit de la Nación y tienen una incidencia directa en el balance fiscal. Esta asimetría no permite la utilización contracíclica del activo.

Después de la Constitución del 91 se expidieron tres normas (ley 31 de 1992, decreto 2520 de 1993 y 2386 de 2015) que no permiten que los resultados del ajuste de cambio se incorporen en los ingresos y egresos del Banco. Por tanto, el gobierno no puede aprovechar las ventajas de la depreciación. Por tanto, los efectos de las variaciones de la tasa de cambio se reflejan directamente en el patrimonio del Banco, pero no ingresan al presupuesto.

El Fondo Monetario Internacional ha estimulado este tipo de comportamiento porque considera que no es conveniente transmitir la sensación de abundancia durante los períodos de depreciación. En su opinión habría una relajación de la disciplina fiscal.

Aunque este argumento es razonable, no se debe absolutizar y menos en una situación tan crítica como la que se está viviendo ahora. Antes de la ley 31 de 1992 (ley del Banco de la República), las utilidades originadas en la valorización en pesos de las reservas internacionales alimentaban la cuenta especial de cambios (CEC), y podían ser utilizadas por el gobierno para financiar el gasto. La CEC se eliminó porque efectivamente se prestaba para abusos. Las normas posteriores se han ido al otro extremo y no permiten que el gobierno recurra a los excedentes que resultan de la variación de la tasa de cambio.

Puesto que la actual coyuntura es excepcional, y el monto de reservas es elevado (US$53.000 millones), es el momento de aprovechar el mayor valor en pesos de este activo. Si se modifica la contabilidad se logran varios beneficios. Primero, se conserva el monto de las reservas en dólares. Segundo, el Gobierno tiene un margen de maniobra más amplio.

Tercero, estos dineros entrarían al presupuesto de manera excepcional mientras dure la crisis. Cuarto, el gobierno los puede utilizar para reactivar el empleo, una vez se acabe el aislamiento. Es preferible reactivar la economía a través de inversión en obra pública, que repartiendo subsidios a los empresarios. Los recursos deberían destinarse a proyectos estratégicos.

Es necesario que Hacienda deje de seguir añorando una bienaventuranza futura. No puede continuar con su afán de intensificar el dolor y las lágrimas. Llegó el momento de las vacas flacas y es necesario mitigar el sufrimiento. No más masoquismo contable!

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