viernes, 13 de marzo de 2020

Más columnas de este autor Jorge Iván González - jorgeivangonzalez29@gmail.com

A raíz de de la caída del precio del petróleo, motivado por el conflicto árabe-ruso, y por la disminución de la demanda china a raíz del coronavirus, el valor del dólar aumentó de manera significativa. Frente a esta situación, completamente inesperada, el Gobierno ha dicho, a través del Ministro de Hacienda, que los “fundamentales” de la economía colombiana son sólidos, que el país está blindado y que puede responder satisfactoriamente a los choques externos.

Esta apreciación no es cierta. Los fundamentales de la economía colombiana son frágiles. Y esta debilidad no es culpa solamente del actual gobierno. Se han ido debilitando con el paso del tiempo, y le cabe una gran responsabilidad a las administraciones Santos I y II, porque no se diseñaron los mecanismos apropiados para aprovechar las bonanzas del petróleo y de la minería. Se permitió que la enfermedad holandesa resquebrajara las estructuras agropecuaria e industrial. Y, además, nunca se confió en las bondades del mercado interno. La apertura se hizo hacia “adentro”, y la revaluación del peso durante las bonanzas se tradujo en una pérdida de competitividad de las empresas nacionales. Basta un ejemplo. La enfermedad holandesa llevó a una reducción significativa del área cultivada. En los últimos 15 años la importación de alimentos pasó de 1 millón a 12 millones de toneladas año. Y ahora la devaluación del peso llevará a un aumento de los precios de los bienes importados. La inflación va a subir.

Los fundamentales son frágiles por varias razones. En primer lugar, porque la dependencia del petróleo y de los minerales se ha acentuado. Segundo, porque el déficit de la cuenta corriente no se cierra, y continúa ampliándose. Tercero, porque el saldo de la deuda pública sigue creciendo. Cuarto, porque las importaciones de bienes básicos, como alimentos, han alcanzado cifras inaceptables. Quinto, porque el gasto público, como porcentaje del PIB, es muy bajo frente a las necesidades del país.

Estas cinco debilidades se han ido consolidando a lo largo del tiempo. El país no aprovechó los excedentes que tuvo durante las bonanzas. En lugar de presentar superávit, el déficit de la cuenta corriente aumentó de manera regular entre 2002-2014, que fueron los años de altos precios de los hidrocarburos y de los minerales. Para recordar, en junio 2008 el precio del barril de petróleo llegó a US$134. A finales de 2019 el desbalance de la cuenta corriente se acercó a los US$4.000 millones de dólares. El pésimo manejo de las bonanzas tuvo dos consecuencias perversas. En primer lugar, acentuó la dependencia de bienes primarios. Y, segundo, la abundancia de importaciones llevó a una pérdida de competitividad del país.

Desde el punto de vista fiscal, la llamada ley de crecimiento golpeó la estructura tributaria, debilitando la capacidad fiscal. La ley redujo los impuestos y aumentó las exenciones. Además, los recursos de la Nación también van a disminuir con la caída de los ingresos de Ecopetrol. La crisis fiscal se ha profundizado. El Gobierno trata de compensar los menores ingresos fiscales con aumentos significativos del saldo de la deuda pública. Y ahora con la devaluación, el valor en pesos de la deuda pública externa va a aumentar. El Gobierno, que se ha negado a subirle impuestos a los ricos, ahora busca restringir el gasto público, y estas medidas tienen impactos negativos en la inversión y el empleo.