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Analistas 03/08/2018

Buscando el Santo Grial

Jorge Iván González
Profesor de U. Nacional y Externado

Pretender que la protesta social responda al interés colectivo es una ilusión tan desproporcionada como la que inspiró la búsqueda del Santo Grial. El sueño irrealizable del designado ministro Botero desconoce que los procesos de elección colectiva nunca pueden satisfacer a todos los ciudadanos. Siempre habrá personas descontentas que buscarán expresar sus intereses de muy diversas maneras.

La literatura sobre la imposibilidad de conciliar el interés individual con el general es abundante. Buchanan, por ejemplo, piensa que el interés colectivo no existe, y que su búsqueda es tan fantasiosa como la del Santo Grial. Y el interés colectivo no puede existir por varias razones. La primera, porque nadie puede afirmar de manera legítima que su visión del mundo es la mejor, y la que más conviene a la sociedad. Este tipo de pretensión es propia de quienes se sienten con vocación de mesías. Y, segundo, porque los individuos tenemos concepciones tan diferentes de la realidad, que no es posible encontrar un camino que lleve a la convergencia de las preferencias.

En el proceso de construcción de sociedad se ha recurrido a diversos métodos para lograr una cierta confluencia entre la diversidad de intereses. Para Habermas la acción comunicativa y la deliberación son instrumentos privilegiados para allanar las diferencias. Pero como el diálogo tiene limitaciones intrínsecas, es inevitable terminar recurriendo a otros mecanismos, como la imposición, la dictadura, la regla de mayoría, la negociación, o la protesta social. Cualquiera de estas alternativas es imperfecta, y en ningún caso puede llegar a una solución que represente el interés colectivo.

La concepción que tiene el futuro ministro de la protesta social, y del interés colectivo es platónica e irreal. Además, es profundamente peligrosa. El afán desmedido de los mesías por buscar que su interés sea el de la colectividad, ha llevado a recortes de las libertades individuales, y a procesos de homogenización que resquebrajan la diversidad y que terminan rompiendo los fundamentos de la democracia. Suponer que existe un interés colectivo obliga a pensar en un juez supremo que decide sobre su validez y facticidad. Y este ser superior puede realizar su tarea únicamente si actúa como dictador. La propuesta de Botero contiene los gérmenes que alimentan las lógicas totalitarias.

Frente a esta visión estrecha de la sociedad, es necesario responder con la pluralidad y la afirmación de los múltiples espacios de la libertad individual. En el quehacer cotidiano llegamos a ciertos acuerdos parciales, que no obstante sus limitaciones, pueden ser consistentes con una sociedad bien ordenada. Para alcanzar un equilibrio razonable no se requiere que los acuerdos sean aceptados por todos los individuos.

La visión de Botero, que es perfeccionista y trascendental, va en contra de los principios básicos de las sociedades liberales. La protesta social siempre tendrá reivindicaciones parciales y específicas. Esta es su característica sustantiva. Allí radica su esencia. En el mundo platónico de Botero no habría necesidad de protestas sociales, porque antes de salir a la calle el interés colectivo ya habría sido definido. Y en lugar de escuchar las voces diversas de las manifestaciones callejeras, bastaría con guardar silencio para poder oír con claridad la decisión del mesías.

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