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Durante buena parte de mi vida profesional he estudiado a los CEO: los he tenido como alumnos, trabajado con ellos en juntas y tratado de entender qué distingue a quienes transforman una organización. Hay una lección que aparece una y otra vez: un CEO no hace todo, pero responde por el resultado. Puede explicar que la economía se desaceleró o apareció un competidor; todo puede ser cierto, pero queda una pregunta inevitable: ¿qué hicimos nosotros?
Pensé en esto al conocer los resultados de Pisa 2025. Colombia obtuvo 414 puntos en ciencias, 399 en lectura y 381 en matemáticas: lejos de la Ocde, y la película preocupa más que la fotografía. En matemáticas pasamos de 370 puntos en 2006 a 381 en 2025: once puntos en veinte años. En lectura llegamos a 425 en 2015 y hoy estamos en 399. Entre 2022 y 2025 prácticamente no avanzamos.
Apenas 29% de nuestros jóvenes alcanza el nivel básico en matemáticas, 46% en lectura y 50% en ciencias: siete de cada diez no llegan ni al mínimo en matemáticas. No podemos acostumbrarnos: Georgia mejoró 38 puntos en ciencias en el mismo periodo. El nivel de Colombia no es una condena.
Cada vez que aparecen malos resultados, miramos a Bogotá: ¿qué hará el Gobierno? Es necesario, pero hay un riesgo: si todo es responsabilidad del Estado, termina siendo responsabilidad de nadie. Entre una política del Ministerio y lo que aprende un niño hay una larga cadena: secretarías, colegios, rectores, profesores y familias.
Por eso propongo mirar al rector como el CEO del aprendizaje. No porque un colegio sea una empresa: un CEO da dirección, asigna recursos, crea cultura y mide resultados; un rector también. Su trabajo no puede reducirse a administrar presupuesto e infraestructura: el resultado de su organización es que los estudiantes aprendan. Debería saber, sin esperar tres años, si sus estudiantes aprenden y quiénes se quedan atrás.
La responsabilidad continúa hacia arriba y hacia abajo, y los padres tampoco podemos tercerizar la nuestra. Un dato preocupa: en 2022, 79% de los estudiantes decía que sus padres preguntaban semanalmente qué habían hecho en el colegio; en 2025 esa cifra cayó a 68%. La educación también se juega en casa. Paradójicamente, más de 82% de nuestros jóvenes manifiesta curiosidad por aprender; el reto es volverla capacidad.
Por eso Pisa debería dejar de ser una noticia que lamentamos cada tres años y convertirse en un indicador estratégico para Colombia 2030. Necesitamos una meta nacional de aprendizaje que cada nivel -país, secretaría, colegio y familia- haga suya.
Colombia necesita mejores políticas, pero también algo que ningún decreto produce: una cultura de responsabilidad por el aprendizaje. Los rectores deben obsesionarse con que sus estudiantes aprendan; los profesores, con el aula; las secretarías, con cerrar brechas; los padres, con leer, conversar y preguntar en casa.
Porque el aprendizaje se siembra: en una política que funciona, en un rector que lidera, en un profesor que inspira y, muchas veces, en una conversación alrededor de la mesa. Existe un legado que acompaña toda la vida: enseñarles a aprender. Si queremos una Colombia diferente en 2030, empecemos hoy, en cada casa.
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