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Jorge Iván Gómez Osorio, Profesor del Inalde Business School
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El terremoto del 10 de agosto nos recordó que Colombia es un país de alto riesgo de desastres. El WorldRiskIndex lo ubica cuarto, detrás de Filipinas, India e Indonesia.
El riesgo no depende solamente de sufrir desastres. Combina la amenaza con nuestra exposición y vulnerabilidad. No podemos modificar las placas tectónicas, pero sí decidir dónde y cómo construimos, qué protegemos y qué tan preparadas están instituciones, empresas y familias. La emergencia plantea una incómoda paradoja: una nación altamente expuesta necesita instituciones extraordinariamente confiables, precisamente cuando la Ungrd sufre una crisis de credibilidad por los escándalos de corrupción de exdirectivos.
Una catástrofe exige velocidad, flexibilidad contractual y recursos públicos. Si la institución llega debilitada, el problema se convierte en una crisis de confianza. La reconstrucción debería recuperar los territorios afectados y la confianza de los colombianos en el manejo de los recursos.
Miremos un antecedente. Después del terremoto del Eje Cafetero de 1999 nació el Forec. Su arquitectura combinó la capacidad rectora del Estado con la participación de empresarios, universidades, organizaciones sociales y comunidades. Con una estructura pequeña y gerencias zonales, el Estado dirigía, financiaba y controlaba, mientras la sociedad civil ejecutaba en los territorios.
Veintisiete años después, no deberíamos simplemente revivirlo, desmontar lo existente ni crear otra burocracia. Necesitamos un mecanismo profesional y transparente.
Primero, gobernanza profesional e independiente: una dirección pequeña y técnica, acompañada por el gobierno, autoridades territoriales, empresarios, academia y sociedad civil, con responsables identificables, indicadores verificables, presupuestos transparentes y plazos públicos.
Segundo, transparencia radical. Si las emergencias requieren facultades extraordinarias para contratar, necesitan controles extraordinarios. Cada colombiano debería poder consultar en una plataforma pública cuánto dinero ingresó, de dónde provino, qué financia, quién lo ejecuta y cuál es su avance.
Tercero, “reconstruir mejor”. No debemos levantar de nuevo aquello que cayó. Un colegio debe resistir el próximo terremoto y funcionar como refugio; un hospital necesita redundancia de agua, energía y comunicaciones; una carretera debe ser menos vulnerable a deslizamientos. Es necesario reconstruir donde sea seguro, mitigar donde sea posible y reubicar donde el riesgo sea inaceptable.
Cuarto, reconstruir también la economía. Una región no se recupera porque tenga edificios. Necesita empresas funcionando, empleo, crédito, comercio, turismo e inversión desde el primer día.
La reconstrucción debe pensarse en tres horizontes: emergencia, reconstrucción y transformación. Primero salvamos vidas y estabilizamos comunidades; luego recuperamos viviendas, hospitales, colegios, servicios y vías; finalmente construimos territorios más productivos y resilientes.
Colombia no puede escoger su geografía ni predecir el próximo terremoto. El Forec demostró nuestra capacidad para reconstruir. La crisis de la Ungrd mostró lo que ocurre cuando se deterioran los controles y la confianza. El terremoto del 10 de agosto no lo podíamos evitar. Que el próximo se convierta en una tragedia semejante dependerá de las decisiones que tomemos desde hoy.
Colombia habla desde hace años de economía del conocimiento, transformación productiva, innovación y desarrollo sostenible
El comportamiento estuvo impulsado, en primer lugar, por el crecimiento anual de 10% en las actividades de Administración pública, Educación y Actividades de salud humana