Analistas

Un buen profesor

Aquí puede escuchar la columna

Tuve la maravillosa oportunidad de ser estudiante de pregrado y especialización de la Universidad de los Andes. Por los requisitos del pregrado, antes de graduarme, dicté en dos ocasiones la materia Cálculo Diferencial a estudiantes de semestre inicial. Posteriormente tuve las puertas abiertas para dictar diversas materias en el Externado, la San Martín y el CESA. Durante muchos años también ayudé a reforzar las materias de colegio y universidad a decenas de estudiantes particulares, que en su mayoría presentaban dificultades académicas. 

Recuerdo que la gran mayoría de ellos traían traumas de su infancia con pésimos y déspotas profesores de colegio, que abundan por todo el planeta imponiendo su inservible régimen del terror. 

Dictar las clases resulta ser una experiencia extraordinaria y maravillosa, puede decirse que es un verdadero privilegio, mucho más en la Universidad de los Andes. 

En algunas latitudes diferentes, ser profesor universitario es tan prestigioso, como ser magistrado de una alta corte o directivo de una gran multinacional. Los filtros y las calidades académicas que hoy existen para Los Andes cada vez son más exigentes. Es muy difícil encontrar un profesor de planta que no tenga algún tipo de maestría y/o doctorado probablemente en el exterior. 

Con la tecnología disponible y la globalización, hoy ser profesor es mucho más difícil que antes. Los estudiantes muy probablemente son los que enseñan a sus maestros en lo último. Sobran ejemplos de alumnos aventajados que saben, y están mucho más actualizados que quien dirige el salón. En un ambiente así las clases con contenido amplio, contexto histórico y debate de altura se vuelven un verdadero salto de conocimiento y experiencia inigualable. También hay que decir que quien lleva el ritmo y contenidos es responsable de casos opuestos que resultan en fiascos o con altos niveles de densidad, tanto que llegan a aburrir y en casos extremos a dormir a los asistentes.  

Un profesor debe tener, primero, el famoso sentido común. Una materia tiene un tiempo limitado, minutos valiosos y notas y trabajos por revisar. Hay que ser pragmático a veces, sin desconocer que los estudiantes llevan al salón ingredientes inesperados a las discusiones que son válidos. Hay que ser respetuosos del tiempo y de la presentación personal. En el fondo un maestro también enseña con el ejemplo visual y el lenguaje no verbal. Hay que tener criterio. Hay que saber cuándo se le da juego a un tema y cuando no. Lo que es relevante que los estudiantes deben llevar como requisito al siguiente nivel. Cada estudiante es un mundo aparte y un ser humano maravilloso. Lo mismo sucede con el profesor. Albert Einstein lo decía a estudiantes de Física que no lograban matricularse en la sección que el genio dictaba. Otro profesor es igual de valioso y de eso se trata el paso por una Universidad. Explorar la universalidad de personas e ideas.

Es muy difícil considerar a alguien como buen profesor si no da buen ejemplo, no tiene criterio para saber cuándo dar una discusión, y especialmente convierte un problema en algo mayor al tratar de solucionarlo con los canales o mecanismos que no son. Un buen profesor entiende que tiene jefes y una estructura administrativa por encima de él. Un buen profesor no puede pretender que una universidad lo siga contratando cuando éste se expresa con críticas irrespetuosas y de manera pública en los medios de comunicación contra quien le está dando un trabajo. No conozco empresa que aplauda cuando sus empleados hablen de ellas en los medios, si el gran jefe no ha autorizado ventilar temas que podrían solucionarse internamente. Un buen profesor sabe lo que es realmente la libertad de expresión, y la gran diferencia que esto tiene con opinar de manera poco inteligente y agresiva. Un buen profesor finalmente es inteligente y poco terco. Le mando un gran abrazo a todos quienes fueron mis grandes maestros de los Andes, quienes inspiraron esta columna de hoy.