Analistas

Cien lucas (segunda parte)

Hace un año escribí la primera parte de esta columna cuando comenzó  a tomar fuerza la noticia de la inminente aparición en el horizonte del nuevo billete de “cien lucas”.(Ver Col 1) El El anuncio hecho por el Banco de la República esta semana del nuevo billete de $100.000, que será oficialmente lanzado el próximo 31 de marzo al mercado, llega en un mal momento, pues la economía colombiana está justamente peleando por controlar la inflación. 

El nuevo billete, que tendrá la cara del expresidente Carlos Lleras Restrepo, duplica en denominación al difícil de cambiar en las calles billete máximo actual de $50.000. El cronograma de cambio de monedas es justificado por temas de seguridad y natural reposición que debe hacer cualquier economía cada 5 o 10 años de su circulante. La mala coincidencia es que se cruza con un momento coyuntural de mucha turbulencia e incertidumbre en la economía del país. 

No es de desestimar el efecto curioso, que puede ser temporal, de aumento simultáneo de desempleo e inflación. Según la teoría del economista británico William Phillips, hay una correlación negativa entre la tasa de desempleo y la variación de los salarios en una economía. Esta teoría generó la famosa y bien utilizada “Curva de Phillips” continuamente analizada en los Bancos Centrales y academias serias. Los economistas Paul Samuelson y Robert Solow, complementaron años después a Phillips, y encontraron una función entre la inflación y el desempleo,  que por lo general es de correlación negativa también. Según la curva de Phillips, en el corto plazo, un aumento temporal de la inflación con aumento de desempleo se puede estar debiendo a la rigidez de los precios en el mercado que no cambian tan rápido como la cantidad de dinero en la economía. Este es el sustento teórico para cuestionar la conveniencia del momento en el que llega el billete de cien lucas.

M1 es lo que los técnicos del mercado financiero y economistas utilizan para asemejar el nivel de efectivo que hay en un mercado. Corresponde al efectivo (monedas y billetes) en poder del público en las calles y hogares, sumado a los depósitos disponibles en cuentas corrientes en los bancos. Al 31 de diciembre de 2015, Colombia alcanzo un nivel de M1 de $103 billones. Esa cifra hace 10 años escasamente llegaba a los $32 billones. El crecimiento en las cuentas corrientes del sector público es impresionante, pues en diez años se duplicó el valor, y en el caso de cuentas del sector privado se triplicó. 

El efecto puede ser en parte explicado por la disminución de atractivos de inversión a largo plazo como instrumentos de bolsa y también un sentimiento generalizado de prevención. Hay que sumar el efecto internacional de 2008 de la caída del sector financiero en Estados Unidos y nuestro propio escándalo de Interbolsa para entender que la última década nos deja una lección dolorosa de la cual parece que estamos aprendiendo a nivel macro.

Un efecto mental y emocional de una denominación tan alta, necesariamente cambia el “techo” de comerciantes, banqueros, distribuidores y otros importantes jugadores del mercado que viven del movimiento o intermediación del efectivo. Ni hablemos de un pasajero tratando de pagar un taxi o Transmilenio con un billete de esos. 

La conveniencia y practicidad de algunas transacciones es discutible, pero lo que sí va a ocurrir es que al duplicar el techo, la gente se empieza a acostumbrar a redondear precios de bienes y servicios al nivel más alto. Este jalón mental, puede llevar a productos que hoy están sobre los $85.000 o $90.000  suban de inmediato al tentador valor de $100.000 para facilitar la transacción y eliminar la resta de las vueltas, que es tan odiosa mentalmente para algunos vendedores. Honorarios, trabajos a mano, encomiendas y otro tipo de actividades del menudeo diario del colombiano se intentarán acomodar a este nuevo rango. Esperemos que estas cien lucas no nos den en la cabeza.