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La reciente cumbre en Washington D.C. entre los presidentes Donald Trump y Xi Jinping consolidó la inteligencia artificial (IA) y la tecnología digital como los verdaderos ejes de la geopolítica contemporánea y el parteaguas de la economía global. En un escenario que comunicaba poder absoluto, el gobierno norteamericano reunió a los titanes de Silicon Valley, como Elon Musk, Sam Altman, Jensen Huang y Sundar Pichai, con la cúpula política de ambas superpotencias.
Días antes, en lo que pareció un amago, Anthropic y OpenAI posicionaron globalmente, mediante declaraciones corporativas y comparecencias ante la ONU, la idea de severos riesgos para la humanidad, que se difundió de forma epidémica. Según Jensen Huang (Nvidia), Mustafa Suleyman (Microsoft IA) y Yann LeCun (Meta IA), esta fue una forma de escapar de la captura regulatoria que viene y de consolidar sus monopolios.
El debate sobre los riesgos de esta tecnología resonó con fuerza en los pasillos de la Casa Blanca. El director de la Oficina de Política de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, Michael Kratsios, fijó una postura contundente: “Si no pueden controlarlo, no lo hagan”. ¿El mensaje? Trump no asumirá un rol regulatorio ni sobrecargará a la industria con burocracia; por el contrario, traslada la responsabilidad ética directamente a las empresas. Kratsios agregó que “Estados Unidos rechaza totalmente cualquier intento de construir un esquema globalista de control para la superinteligencia”.
En términos de consensos operativos, la cumbre dejó resultados concretos para mitigar riesgos. El logro más destacable fue la creación de un canal de comunicación bilateral para incidentes de IA, diseñado con el fin de evitar que un error autónomo o un ciberataque fuera de control desemboque en una escalada militar.
Asimismo, se institucionalizó una nueva ronda de negociaciones para noviembre de 2026 y se adoptó, a petición de la administración estadounidense, el término oficial de “superinteligencia” (SI) para referirse a la IA, una denominación que Pekín aceptó por diplomacia digital.
Las diferencias estructurales permanecen intactas. Sin embargo, el mensaje clave es que la fricción no es fractura. Donald Trump fue categórico al declarar que EE.UU. “no frenará ni limitará su desarrollo comercial o militar en IA”, y rechazó cualquier intento de moratoria internacional bajo la premisa de mantener un dominio absoluto.
Xi Jinping insistió en su propuesta de que la IA debe operar bajo un estricto control humano, ser considerada un bien público y tener un enfoque de gobernanza social coordinado por el Estado, lo que choca frontalmente con la visión norteamericana de desregulación y dinámicas de libre mercado.
Washington no cedió ni un milímetro en el veto a los microchips, pero China, una semana antes, mostró músculo con la presentación de sus nuevos semiconductores, con los que se aproxima peligrosamente a EE.UU.
La distensión actual entre ambos no ha buscado resolver todas sus diferencias; el objetivo es evitar que la crisis se vuelva incontrolable. El gran mensaje es que China y EE.UU. pueden competir, coexistir y prosperar conjuntamente en el comercio. La cumbre de Washington demostró que ambas partes se desplazan hacia una etapa de colaboración contenida y se alejan del pánico y la incertidumbre. Coexistir no es dominar: ambos se asumen, a partir de este encuentro, como la base estabilizadora de la supremacía digital global.
Reformar la ONU no es abandonar el proyecto de 1945; es, por fin, terminar de escribirlo con los actores que hoy configuran el poder global