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Analistas 20/06/2021

Telecomunicaciones: entre el cielo y el infierno

Jorge Fernando Negrete P.
Presidente de Digital Policy & Law

El discurso de la modernidad fue su bandera y su capacidad para transformar vidas era una verdad empírica. El poder transformador de la realidad de estas empresas era casi un milagro para la vida pública, íntima y nuestro comportamiento social. La libertad creativa de un modelo de negocios en proceso de creación las volvió atractivas. Conectar era sexy. Cada despliegue de cable, fibra óptica y radiobases era un paso hacia una vida digital. Eran propietarias de un discurso lleno de promesas y oportunidades.

Hace 10 años, entre las empresas más grandes del mundo estaban los operadores de telecomunicaciones. Empresas que desplegaban una nueva infraestructura, la del siglo 21, la infraestructura digital. Empresas como Vodafon, Orange, Verizon, AT&T y en Iberoamérica Movistar y América Móvil, aparecían año con año entre las empresas más grandes del mundo y América Latina.

Pero su visibilidad pública, flujo de efectivo, utilidades y tamaño generaron una respuesta casi inmediata de Estados y gobiernos para frenar sus conductas económicas, su peso político y de paso disminuir su capacidad de innovación.

Europa comenzó con la destrucción de valor. Impuso un sistema de competencia con un mínimo de cuatro operadores en el mercado, aunque los países fueran pequeños. Se provocó la baja de sus ingresos, compartición de infraestructura, se aplicó un régimen de protección al consumidor, un severo régimen de protección de datos personales y un poderoso sistema de derechos humanos.

Europa fue la madre tecnológica de 3G y, como Saturno, ella tendría que comerse a sus hijos. Europa tuvo a los operadores más grandes del mundo y ahora padece la falta de escala de ellos, de sus inversiones, la falta de liquidez y los enormes pasivos que arrastran.

Europa está preocupada por la falta de inversión en redes 5G, Inteligencia Artificial y la brecha digital entre sus miembros. Desde la Comisión Europea se ha generado la más grande inversión para digitalizar ciudadanos, empresas y administraciones públicas.

4G fue la madre de las externalidades económicas. Los operadores estadounidenses desplegaron infraestructura a diestra y siniestra con uno de los ingresos promedio por usuario más grandes del mundo.

Los operadores de telecomunicaciones generaron nuevos mercados, globales, con un costo marginal bajísimo para nuevos entrantes. Los nuevos hijos, los OTT o plataformas tecnológicas, se asumieron innovadores, creadores de nuevos servicios y valor para el usuario final. Servicios ofrecidos por las telcos, fueron mejorados por esta nueva especie digital que ahora lidera la lista de las empresas más grandes del mundo.

Los operadores de telecomunicaciones son regionales y locales; los OTT son globales. Las telcos pagan impuestos federales, municipales y especiales; las OTT están definiendo su régimen fiscal. Las telcos son empresas de ingeniería, arquitectura, inversión física y mecánica; los OTT son empresas nativas digitales. Los operadores de telecomunicaciones tienen un régimen de derecho administrativo exorbitante que incluye concesiones, competencia económica, protección al consumidor y protección de datos.

La baja de ingresos de las telcos, los vuelve amenazantes, porque deben ser más grandes en sus territorios, consolidarse, expandirse en mercados globales. Sin escala no hay inversión, ni expansión de cobertura. Al mismo tiempo, acostumbraron al gobierno al pago de enormes cantidades de dinero por pago de espectro; él mismo, les pide que bajen el precio de servicios, les impone regulación asimétrica si crecen demasiado, exige la expansión de cobertura y los sanciona si no lo hacen. Algunos congresos proponen impuestos especiales, pagos de derechos de autor: ocurrencias.

Hoy no hay mundo digital sin infraestructura y no hay cielo sin infierno. Saturno se traga a sus hijos.