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Europa discute su entrada plena a la sociedad digital con una mezcla de furia política, legitimidad democrática y prudencia estratégica. Reconoce su poder de mercado, su solidez regulatoria, su base industrial y sus empresas tecnológicas; pero, al mismo tiempo, ha construido una narrativa épica contra las empresas digitales, presentada como defensa de los valores occidentales y de los derechos humanos.
Mario Draghi, ex primer ministro de Italia, fue incisivo. El verdadero obstáculo no es la falta de principios, sino “el exceso de regulación y su efecto sobre la innovación, la inversión y la competitividad”. Mientras Draghi llama a recuperar el pragmatismo, la Comisión Europea oscila entre sumar nuevas reglas y corregir sus excesos.
El dilema es profundo: Europa sabe que ha perdido terreno frente a China y EE.UU. y se apoya en el debate sobre la soberanía digital. Draghi advierte que una regulación excesiva, como la Ley de Inteligencia Artificial (AI Act), genera incertidumbre capaz de asfixiar a sus empresas. Su diagnóstico es severo: “Europa corre el riesgo de quedar subordinada, dividida y desindustrializada”.
¿La respuesta? Nueva arquitectura legislativa:
Ley de Redes Digitales de la Unión Europea (DNA): no hay soberanía digital sin redes de conectividad. La ley busca que Europa recupere escala frente a EE.UU. y China mediante grandes y poderosos operadores de telecomunicaciones que inviertan, compitan y ganen. Para lograrlo, debe abandonar el viejo modelo de intervención de los mercados y sustituirlo por uno basado en escala. La DNA es la apuesta legislativa para construir un Mercado Único de conectividad. Ello habilita la consolidación y capitalización de operadores, así como el fin de una regulación ex ante que castiga la inversión, la inclusión, el mercado y los derechos digitales.
Inteligencia artificial: el Parlamento Europeo adoptó una posición sensata para modificar la AI Act con un objetivo evidente: simplificar su aplicación, dar certidumbre jurídica y responder a usos abusivos emergentes sin bloquear la innovación. Retrasar algunas disposiciones no es una concesión; reconocen que regular sin capacidad productiva es suicida: menos ansiedad legislativa y más responsabilidad regulatoria.
Ley de Aceleración Industrial (Act - IAA): es el intento europeo por dejar de ser un gran mercado de consumo y volver a ser una potencia de fabricación. La propuesta de la Comisión Europea busca transformar la producción de tecnología y energía, elevar la productividad industrial, reducir la dependencia de China y EE.UU. y cerrar su brecha de costos: quien no produce se vuelve un dependiente digital.
Paquete de Soberanía Tecnológica: este conjunto de acciones legislativas busca fortalecer la capacidad europea en semiconductores, inteligencia artificial, nube y código abierto. Ursula von der Leyen lo resumió con claridad: “no podemos permitirnos depender de otros para las tecnologías”, “se trata de proteger a nuestros ciudadanos, defender nuestros intereses y tomar nuestras propias decisiones”.
Europa no quiere elegir entre Silicon Valley y el Partido Comunista Chino. Bien hecho, pero solo evitará esa disyuntiva si entiende que la soberanía no se construye con heroísmo ni con guerra regulatoria, sino con inteligencia estratégica, escala e inversión. La soberanía digital consiste en administrar interdependencias, no en esconderlas.
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