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Durante años, buena parte del debate público sobre el ajuste fiscal se ha resuelto con una frase de cajón: “recortar gasto o subir impuestos, al final el costo es el mismo”. Un nuevo estudio que tuve el privilegio de desarrollar junto con José Ignacio López, presidente de Anif, sobre 61 episodios de ajuste fiscal en nueve economías latinoamericanas entre 1989 y 2024, construido con rigor metodológico y complementado, por primera vez en la región, con inteligencia artificial para clasificar sistemáticamente miles de páginas de informes del FMI, nos obliga a matizar esa sentencia.
La evidencia es contundente en un punto que ya sabíamos, y es que cualquier ajuste fiscal tiene un costo en materia de crecimiento. Por cada ajuste fiscal equivalente a 1% del PIB, la actividad económica se reduce cerca de 0,9% en el año de la medida y todavía deja una cicatriz de medio punto porcentual dos años después. Nada nuevo para quienes hemos defendido la prudencia fiscal como condición necesaria, aunque dolorosa, de la estabilidad macroeconómica.
Lo verdaderamente relevante, y aquí está la contribución que cambia el tablero, es que ese costo no es fijo. Depende crucialmente de en qué momento del ciclo de endeudamiento se hace el ajuste. Cuando la deuda pública está en niveles históricamente manejables, subir impuestos resulta relativamente inocuo para el crecimiento; es el recorte de gasto el que golpea más fuerte, posiblemente porque en nuestras economías el gasto público (transferencias, inversión) tiene un multiplicador de demanda considerable.
Pero cuando la deuda se dispara, como ocurrió en gran parte de la región tras la pandemia, el panorama se invierte radicalmente. Un ajuste tributario en un contexto de deuda elevada puede llegar a costar hasta 4,7 veces más en términos de producto que un ajuste equivalente basado en gasto. Y no es solo un tema de crecimiento. Los recortes de gasto tienen, además, una probabilidad significativamente mayor de traducirse en una mejora duradera del balance primario, mientras que las alzas de impuestos parecen erosionarse con el tiempo, víctimas de la evasión, la elusión y la reversión legislativa.
La explicación económica tiene sentido intuitivo, y es que cuando el mercado ya está nervioso por la trayectoria de la deuda, un aumento de impuestos no logra comprimir las primas de riesgo soberano ni generar la señal de credibilidad que sí transmite un recorte estructural del gasto. En otras palabras, en tiempos de estrés fiscal, la forma en que se ajusta importa tanto como cuánto se ajusta. El mensaje no podría ser más oportuno para Colombia, que transita hoy por un sendero de deuda pública que, según cualquier métrica histórica propia, se ubica en el segmento alto de su distribución. En ese contexto, la evidencia de este estudio es una advertencia clara, y es que insistir en reformas tributarias sucesivas como principal (o único) instrumento de ajuste no solo golpearía con más fuerza la actividad económica de lo que muchos anticipan, sino que probablemente no logrará la corrección duradera del balance fiscal que el país necesita para recuperar la confianza de los mercados.
La disciplina del gasto, no como austeridad ciega, sino como reordenamiento estructural y creíble, no es solamente la opción menos costosa en el corto plazo. Es, según esta evidencia, la que efectivamente conduce a la sostenibilidad fiscal que Colombia requiere para blindarse frente a los vaivenes de los mercados internacionales.
El mercadeo ha utilizado muchos de los tradicionalmente conocidos y sigue aumentando la cantidad que podrían clasificarse entre las categorías que Weaver y algunos teóricos han creado
Muy pronto Colombia iniciará una nueva etapa con un nuevo gobierno. Ese nuevo escenario plantea un desafío para los empresarios. Ya no basta con crecer. Somos parte de la solución. La diferencia está en el impacto positivo que seamos capaces de generar en la socieda