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La culpa no es de la vaca

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La semana pasada, el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, tuvo que enfrentar al Senado estadounidense para dar cuentas sobre las acusaciones que se generaron en torno a la investigación publicada por los periódicos The New York Times, The Guardian y The Observer hace unos días, en las que se reveló que una firma de análisis de datos que ayudó en la campaña presidencial del presidente Donald Trump había recabado la información almacenada en los perfiles de Facebook de más de 50 millones de personas en un esfuerzo para perfilar y segmentar a los usuarios, para luego dirigir anuncios políticos hacia ellos. Las publicaciones fueron enfáticas en catalogar, de manera incorrecta, el incidente como uno de los “robos de datos más grandes de la historia”. Llamar “robo de datos” a las acciones de Cambridge Analytica en este caso es incorrecto y puede ser confuso para los lectores.

El problema no fue que Cambridge Analytica, su fundador, el billonario Robert Mercer, el ahora suspendido CEO, Alexander Nix o cualquiera de los empleados de la firma, hayan violentado o “hackeado” los sistemas de seguridad de Facebook para hacerse del botín informático, sino mas bien que se aprovecharon de la forma laxa en que Facebook históricamente ha venido permitiendo a terceros el acceso a los datos de los usuarios. La interface de programación de Facebook, o API en términos técnicos, venía permitiendo a los desarrolladores de aplicaciones aparentemente inocuas como pruebas de personalidad y encuestas, el acceso ilimitado al perfil entero de los usuarios y de sus amigos, con el simple permiso que se otorgaba al utilizar la aplicación por primera vez.

Tampoco podemos culpar a Facebook ni al señor Zuckerberg de tener intenciones diabólicas, por el simple hecho de operar una plataforma en la que cientos de millones de usuarios compartimos, de manera gratuita, información, fotografías, anécdotas y detalles de nuestra vida con un círculo extendido de “amigos”. Mucho menos podemos acusarlos de cometer un crimen al habérseles ocurrido que la única manera de financiar los millones de dólares que implica la operación y mantenimiento de la infraestructura necesaria para que nuestras mamás puedan ver las fotos de sus nietos, entre otras actividades que Facebook facilita, es a base de vender publicidad de manera segmentada y dirigida, haciendo uso de nuestros gustos y preferencias, información esta que compartimos de manera inocente y despreocupada al registrarnos en la red social.

Es por esto que no hace falta hilar muy delgado para darse cuenta que la responsabilidad de lo sucedido con Facebook y lo que podría pasarnos con otras plataformas como Instagram, Google y Twitter, no recae de manera absoluta en las redes sociales como tales. Cada individuo debe ser responsable por el uso que hace de las plataformas informáticas a su alcance y de la información que publica y comparte en ellas. Todos los usuarios de las redes sociales somos vulnerables a que nuestra información sea utilizada, de manera anónima o no, con diversos fines comerciales, pero en muchos casos nos dejamos llevar por la vanidad o el ansia de popularidad en nuestros círculos sociales, que estos medios modernos de comunicación incentivan en el ser humano.

Es innegable que Facebook tiene su parte de la culpa, no por la esencia de lo que hace, sino por la forma irresponsable, ingenua y poco transparente en que traicionó la confianza que cientos de millones de personas depositaron en su plataforma al volverlos custodios de su información personal.

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