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Denuncia vs. Apología

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Javier Villamizar

Las redes sociales y las plataformas de difusión de video como YouTube o TikTok han convertido a cualquiera de sus usuarios en un reportero informal que da cuenta de lo que está pasando a su alrededor. Es innegable el valor que tienen las evidencias capturadas en video de abusos y crímenes que se cometen a diario por usuarios de estas plataformas que de alguna manera suplen las deficiencias de los sistemas de vigilancia y control que deberían tener los gobiernos locales y departamentales para garantizar la seguridad de los ciudadanos.

En Estados Unidos, cuatro de cada cinco funcionarios utilizan redes sociales para reunir información durante las investigaciones y reconocen que estas plataformas les han ayudado a resolver los crímenes más rápido. Para los cuerpos de investigación policiales, apoyarse en Twitter o Facebook es sólo una de las muchas formas que tienen para recolectar evidencia y potencialmente resolver un crimen. La policía busca entre la información que es considerada pública y trata de utilizar los datos obtenidos para identificar sospechosos y armar el posible itinerario de un crimen.

El dicho común que reza “una imagen vale más que 1.000 palabras” pareciera ser hoy en día lo que guía el comportamiento en redes sociales de muchas personas. Sin embargo, muchas veces las consecuencias que hay detrás de publicar fotografías o videos pasan a un segundo plano, ante la posibilidad de obtener reconocimiento y ser más popular en internet. A diario se comparten videos en las plataformas digitales sobre peleas y otro tipo de actos violentos. La gran preocupación surge cuando en el momento de una emergencia o cuando una persona es testigo de un crimen donde potencialmente está en peligro la vida de otro ser humano, ese espíritu de periodista improvisado prima sobre el deber cívico de ayudar.

El hecho de filmar un acto o un suceso hace sentir a las personas como testigos activos y la posibilidad que ofrecen las redes sociales de compartir de manera inmediata logrando una propagación viral del contenido genera comportamientos inesperados como lo sucedido en 2012, cuando el diario estadounidense New York Post publicó una fotografía en página completa de uno de sus colaboradores, Umar Abassi, que muestra a un hombre segundos antes de morir aplastado por un metro en Nueva York. El Sr. Abassi intentaba acceder al andén segundos después de haber sido empujado a las vías ante la mirada incrédula, impávida e indiferente de otros viajeros y del mismo periodista que prefirió documentar el suceso en lugar de buscar como auxiliar a la persona cuya vida estaba en grave peligro.

A lo largo de la historia los seres humanos han manifestado la necesidad de tener una identidad para generar un bienestar emocional y psicológicamente estable. Pero esto no se genera de forma aislada, sino que se necesita que esa identidad sea aceptada por el resto. Esto de alguna manera explica la “fascinación” de las personas por compartir cosas en las redes sociales. Cuando alguien publica una fotografía o difunde un video sobre un hecho cotidiano, la intención subyacente va mas allá de querer decir que se estuvo en ese lugar como una forma de informar, sino que esa persona está en la búsqueda de ser aceptada entre sus seguidores, lo que hoy en día se logra y se mide a través de cuantos “likes” obtiene una publicación o cuantas veces es compartida a otros. Estos incentivos perversos fomentan el uso “irreflexivo” de las plataformas digitales y redes sociales.

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