Analistas

Costo humano del avance tecnológico

Desde hace un par de años las autoridades de varias ciudades de Estados Unidos, han estado coqueteando con compañías como Uber, Tesla y Waymo, con el fin de convertirse en centros de investigación y el desarrollo de tecnologías aplicables a vehículos autónomos. Varias de ellas han aprovechado la oportunidad y han vuelto las calles y autopistas de ciertas ciudades laboratorios de pruebas controladas donde vehículos robotizados deambulan depurando algoritmos y sensores con un monitoreo relajado y sin mayor intervención de las autoridades, en contraste con la estrategia de los tradicionales fabricantes de automóviles que prefieren utilizar circuitos cerrados para sus pruebas. Todo parecía ir bien hasta hace unos días, cuando en horas de la noche, un vehículo autónomo operado por Uber, atropelló y mató a una mujer en una calle de Arizona, convirtiéndola en el primer peatón víctima fatal de la tecnología de los vehículos autónomos. El vehículo que causó la fatalidad iba siendo monitoreado por un conductor, que en teoría debería estar pendiente a cada minuto de lo que está sucediendo en la vía y que hipotéticamente pudo haber prevenido el accidente. Desde el momento en que se produjo el accidente, tanto Uber como los proveedores y contratistas encargados del “hardware” y del “software” dentro del vehículo, han empezado una batalla de argumentos sobre a quién se le debe atribuir la responsabilidad del siniestro.

Este incidente se ha empezado a propagar en los medios recordándonos que la tecnología de conducción autónoma todavía se encuentra en pañales y que no debería sorprendernos que haya muchas mas víctimas fatales en el futuro cercano. Al mismo tiempo, no podemos dejar de ver el accidente dentro de un contexto mucho más amplio y aunque la cantidad de vehículos autónomos en circulación es muy limitada, es importante resaltar que solo en los Estados Unidos a diario se reporta más de un centenar de fallecimientos debido a accidentes de tráfico.

No podemos olvidar la historia y darnos cuenta que, lo que está sucediendo con estos nuevos desarrollos tecnológicos no es diametralmente diferente de lo que pasó cuando los primeros vehículos a motor fueron introducidos al mercado. En aquel entonces, la gente se mostró muy preocupada por la remoción de los caballos de los carruajes, hecho que otorgaba el control de la conducción exclusivamente a un individuo. El público en general consideraba que un caballo era un mecanismo de salvaguarda para controlar por instinto cualquier imprevisto en el recorrido. Se pensaba que los animales evitarían las colisiones que en manos de personas serían más difíciles de evitar. De igual manera, a principios del siglo pasado, para muchos reguladores el hecho de que los vehículos a motor alcanzaran velocidades superiores a los 20 km/h era el presagio de diarias fatalidades. Hoy en día, algunos piensan de manera similar y argumentan que pensar en dejar los vehículos en manos de computadores y sensores de todo tipo es una locura.

Un tema importante en particular para los legisladores es el hecho de evitar que el sensacionalismo y el ruido generado por una noticia trágica, les haga tomar decisiones acaloradas que se traduzcan en un exceso de regulación, lo cual desaceleraría el progreso tecnológico. La historia ha demostrado que en el largo plazo, las regulaciones impulsadas por fabricantes que se ven amenazados por el progreso tecnológico, políticos sin conocimiento y gente influenciada por el sensacionalismo, no son sanas y tarde o temprano terminan siendo eliminadas.