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Comprar, botar, comprar

Hace un tiempo leí sobre la existencia de un bombillo centenario, que se dice, lleva funcionando desde 1901 y que está declarado como el bombillo más antiguo conocido que aún funciona por el Libro Guinness de los récords. La centenaria luz alumbra con apenas 4 vatios de potencia sobre los carros de bomberos de Livermore-Pleasanton en California, EE.UU.  Desde que se encendió por primera vez en 1901 se calcula que ha estado funcionando por mas de un millón de horas, lo cual representa un logro increíble si tenemos en cuenta que la vida media de una lámpara incandescente oscila entre 750 y 2.000 horas y la de una fluorescente, considerada “de larga duración” igualmente palidecen a su lado con más o menos 20.000 horas de vida.

El caso del bombillo de Livermore, hace que la pregunta de “¿Por qué los productos electrónicos duran cada vez menos?”, tenga relevancia hoy en día y nos haga pensar en algo con un carácter mas filosófico, como lo es la compatibilidad de un sistema de producción infinito, cada día más eficiente, con un planeta donde los recursos son cada vez más limitados.

No es fácil comprobar, al menos de manera directa, la existencia de una práctica empresarial a nivel global, por la cual, se planee la reducción deliberada de la vida de un producto para incrementar su consumo.  Aunque si es fácil ver los estragos y las desastrosas consecuencias medioambientales que se derivan de la cantidad de productos electrónicos que son desechados a nivel mundial cada año. 

¿Cuánto debería durar un teléfono móvil, o un computador personal ? En muchos de los casos, la limitante está dada por temas de compatibilidad y soporte a su sistema operativo, en otros, el tiempo de vida útil, está definido por límites físicos de algunos de sus componentes. En el caso de los teléfonos móviles por ejemplo, la batería inherentemente envejece cada vez que es recargada y llega un momento en el cual debe ser reemplazada. Si el fabricante utilizó un diseño donde la batería no se puede reemplazar, o el reemplazo de la misma es exageradamente costoso como por ejemplo en el caso del afamado iPhone, es claro que estamos presenciando un caso de obsolescencia programada. En muchos de los casos, cuando la batería de un producto es el único elemento que ha disminuido su desempeño los nuevos productos de la misma marca y modelo, no necesariamente son incrementalmente mejores, 

El tema del sistema operativo es más difícil de comprender para el usuario promedio, que está acostumbrado al casi duopolio Microsoft-Intel en el caso de los computadores personales. Por años nos hemos visto en la necesidad de reemplazar un computador personal cuando queremos migrar a la más reciente versión de Windows, ya que el “hardware” no es compatible o hace que el computador sea mas lento. En este ámbito, el iPhone, está por encima de la mayoría de sus competidores que usan el sistema operacional de Google “Android”, al ofrecer, al menos cinco años de soporte y actualizaciones para sus usuarios. 

El problema ambiental que genera el incremento en la producción de basura electrónica es cada día más serio. El combustible principal de dicho problema es que a estos productos se les ha reducido la vida útil: aparatos con los que convivimos en nuestro día a día, duran apenas unos años, y de repente dejan de funcionar o simplemente se vuelven obsoletos. A esto, se le agrega la inmediatez a la hora de salida al mercado de nuevos modelos, con actualizaciones y mejoras que de manera directa o a veces muy discretamente, nos invitan a consumir de nuevo, generando unas ingentes cantidades de basura electrónica en países desarrollados, que triste- mente en los últimos años han terminado siendo exportadas al tercer mundo.

Se vuelve entonces, un deber del consumidor, el exigir en la medida en la que podamos, que los fabricantes sean más conscientes con esta obsolescencia programada y elijamos marcas que garanticen que sus productos duren más y por qué no, que haya políticas de estado que condenen a las compañías que llevan a cabo este tipo de prácticas.