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Análisis 19/09/2026

La polarización no es como la pintan

Javier Arenas Romero
Director Harmex S.A.
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Colombia tiene hoy alrededor de 53,4 millones de habitantes, según las proyecciones oficiales del Dane. Para las elecciones presidenciales de 2026, el censo electoral definitivo fue de 41.421.973 ciudadanos. De ellos, aproximadamente 25,7 millones acudieron a las urnas. Es decir, 62% de los habilitados ejerció su derecho al voto. Hasta aquí, cifras. Pero cuando se mira con detenimiento, la aritmética electoral dice cosas bastante diferentes a las que durante meses nos han querido vender: Colombia no está partida en dos mitades ideológicas.

En la segunda vuelta presidencial, Abelardo de la Espriella obtuvo 12.960.166 votos e Iván Cepeda 12.708.312. Una diferencia de apenas 251.854 sufragios. El resultado, por supuesto, fue estrecho. Tanto que resulta tentador concluir que el país está dividido exactamente en dos: una mitad de derecha y otra de izquierda. Pero esa conclusión tiene un problema elemental: confunde el desenlace de una segunda vuelta con la realidad política de una nación. Colombia no está dividida en dos. La votación sí lo estuvo.

Ese matiz debería ser la primera lección para el nuevo presidente. Los comicios no les preguntaron a los colombianos si son de derecha, de izquierda, socialistas, liberales, conservadores o de centro. Formularon una pregunta mucho más sencilla y mucho más limitada: ¿por cuál de estos dos candidatos votaría usted? Millones de ciudadanos que en primera vuelta habrían escogido opciones distintas terminaron optando por una de las dos alternativas finales.

Un elector puede votar motivado por la seguridad o la economía, otro por rechazo al gobierno anterior, otro por temor al adversario y otro, sencillamente, porque considera que una opción es menos inconveniente que la otra. Sin hacer comentarios sobre el “voto fusil” que al parecer favoreció a Cepeda. El voto presidencial no es un carné ideológico.

Hay un dato todavía más revelador. Los 12,7 millones de sufragios obtenidos por el Pacto Histórico representan aproximadamente 23,8% de la población total del país. Los del presidente elegido, alrededor de 24,3%. Dicho de otra manera: ninguno de los dos candidatos alcanzó siquiera una cuarta parte de todos los colombianos.

Y, sin embargo, hemos construido el relato de que la nación entera está dividida en dos bloques perfectamente definidos. ¿Cómo puede sostenerse semejante afirmación cuando más de la mitad de la población no votó por ninguno de los dos aspirantes que llegaron a la ronda final?

La respuesta podría estar en nuestra manera de consumir y transmitir información. Hemos confundido la conversación política de las redes sociales con la del país. Hemos permitido que los algoritmos, que premian la indignación y la confrontación, nos convenzan de que Colombia vive permanentemente al borde de una guerra civil ideológica, y concluimos que así piensa toda la sociedad, cuando no es necesariamente así.

La mayoría silenciosa no vive pendiente de cada trino presidencial. Está trabajando, buscando empleo, pagando una cuota, llevando los hijos al colegio, intentando montar un negocio, esperando una cita médica o tratando de llegar a fin de mes. Esa Colombia real tiene preocupaciones mucho más concretas que la pelea permanente entre izquierda y derecha.

De la Espriella no debería asumir que los ciudadanos que votaron por su adversario constituyen un bloque homogéneo y, del otro lado, quienes lo respaldaron tampoco le entregaron un cheque en blanco. Le entregaron una responsabilidad.

Quizá aquí esté la oportunidad histórica del nuevo mandatario: demostrar que una elección estrecha puede producir un gobierno amplio. Que se puede tener autoridad sin arrogancia, firmeza sin sectarismo y convicciones sin revanchas. Que se puede escuchar al empresario sin abandonar al trabajador, defender la inversión privada sin renunciar a la política social, exigir seguridad sin sacrificar las instituciones y promover crecimiento económico sin olvidar que el propósito último de la economía es mejorar la vida de las personas.

No se trata de negar que exista polarización. Sería absurdo hacerlo. Hay sectores ideologizados que viven de la confrontación y políticos que saben perfectamente que un enemigo moviliza más que un argumento. Lo que debemos rechazar es la conclusión mucho más amplia y mucho menos demostrada de que Colombia entera está dividida en dos bandos irreconciliables.

Quizá no estemos tan polarizados como desinformados sobre nuestra propia realidad. Desinformados cuando convertimos 12,7 millones de votos en “la izquierda colombiana” y 12,9 millones en “la derecha colombiana”. Desinformados cuando creemos que las redes sociales representan al país entero. Y desinformados cuando aceptamos sin cuestionar que solamente existen dos Colombias posibles.

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