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Analistas 09/09/2026

No eran analfabetas

Jair Viana
Libertank

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Estuve en una bananera del Urabá antioqueño dictando el taller de Libertank. La fruta que empacan esos hombres amanece en un supermercado de Hamburgo, pero casi ninguno de ellos ha salido del municipio.

Repartí mis hojas de trabajo, muy orgulloso yo, muy economista. Pero varias de esas hojas volvieron en blanco. No era pereza. Buena parte de ellos no sabía leer ni escribir. Guardé las hojas. Y les hice una sola pregunta. ¿Quién ha vendido alguna vez algo? Un almuerzo, un minuto celular, lo que sea. Se levantaron todas las manos con una sonrisa de cosas obvias.

Les dije la verdad. Que acababan de explicar la función empresarial mejor que cualquier libro o economista. Ver la necesidad del otro antes que nadie y atreverse a resolverla. Israel Kirzner lo llamó estar alerta.

Ahí está la trampa que nos tragamos todos. Creemos que la mentalidad empresarial se enseña. No. Ya está adentro. Lo que falta es que alguien la nombre en voz alta, delante de todos, para que el que la tiene se atreva a creérsela. Eso hace nuestro taller. No les enseñamos nada. Se lo recordamos todo.

Después hablamos de plata y el salón se puso serio e incómodo. En el Urabá el sueldo aguanta hasta el viernes. El lunes aparece el gota a gota, a cobrar el precio de la falta de libertad. ¡Y uno quiere gritarles que ahorren! Pero el que gana el doble se endeuda el doble. No es un problema de ingreso. Es un problema de dueño. El que no es dueño de su vida jamás será dueño de su sueldo.

Por eso el orden importa. Primero la convicción, después la instrucción. Al revés no funciona. Capacitar a quien no cree en lo que hace es afilar una herramienta que nadie va a usar.

Y entonces pasó lo que siempre pasa. Un hombre que llevaba veinte años creyendo que solo cargaba cajas entendió que él dirige un pedazo del motor que mueve esa exportación. Se le cambió hasta la forma de pararse. Empezó a hablar del desperdicio. Empezó a proponer. Empezó a guardar.

Nadie cuida lo que no siente suyo. Ni una finca, ni un salario, ni un país.

La empresa privada es el motor del progreso. Eso ya lo sabemos. Lo que se nos olvida es que el motor no se orienta solo. Lo orienta cada persona que lo toca. Y un motor rugiendo hacia el lado equivocado no es potencia, es desgaste.

Ahora mi mensaje para usted, señor empresario. Usted puede tener ventas récord, certificaciones al día y una nómina impecable, y perder igual. Porque a una empresa nunca se le quiebra primero la caja. Se le quiebra la fe. Nadie entrega su mejor versión por un sueño ajeno. Todos la entregan cuando el sueño es propio.

Y si usted cree que su empresa es distinta, hágase una sola pregunta. ¿Cuántos de sus colaboradores saben exactamente para qué sirve lo que hacen? No qué hacen. Para qué sirve. Si no lo saben, no tiene un problema de productividad. Tiene un problema de sentido.

Y aquí está lo que nadie le dice. Su gente no está esperando un aumento. Está esperando un permiso. El permiso de creer que su vida les pertenece. Esa es la libertad. No la de los discursos. La de mirarse al espejo un lunes y saber que nadie viene a salvarlo, y que eso, lejos de aterrar, libera.

Salí de allá con la camisa pegada del calor y con una certeza nueva. La libertad no es un lujo de gente con posgrado. Es un músculo. Y en Urabá estaba dormido, no muerto.

En ese salón no había analfabetas. Había empresarios sin traducir. Nosotros solo llegamos a traducir.

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