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ANALISTAS 03/09/2026

Freakonomía criolla: lo que una bolsa plástica nos enseñó sobre el comportamiento humano

Hay una pregunta que debería incomodar a cualquier hacedor de política pública: ¿por qué años de campañas educativas sobre el medio ambiente lograron menos que un impuesto de $300 por bolsa plástica? La respuesta, incómoda y fascinante a la vez, tiene menos que ver con la conciencia ciudadana y más con algo que la economía conductual lleva décadas documentando: las personas responden a incentivos, no a discursos.

Cuando en 2017 Colombia introdujo el impuesto a las bolsas plásticas, el consumo cayó cerca de un 37% en el primer año, según cifras del entonces Ministerio de Ambiente. No fue la primera vez que el mundo veía este fenómeno. En Irlanda, un cargo similar de apenas 15 céntimos de euro redujo el uso de bolsas plásticas en más de 90% en cuestión de meses. En ambos casos, el monto era casi simbólico. Nadie se arruina pagando $300. Y sin embargo, el cambio de comportamiento fue radical.

Aquí está la primera lección freakonómica: el tamaño del incentivo importa menos que su existencia. Lo que activa el cambio no es el costo económico -insignificante en términos de bolsillo- sino el costo psicológico de sentirse “cobrado” por algo que antes era gratuito. Convertimos un hábito invisible en una transacción visible, y eso basta para reescribir la rutina de millones de personas.

La segunda lección es todavía más provocadora: los subsidios y las prohibiciones directas suelen fracasar donde los incentivos marginales tienen éxito. Prohibir genera mercados negros o simple desobediencia; subsidiar la alternativa (bolsas reutilizables, por ejemplo) rara vez cambia el hábito de fondo, porque no toca el costo de la conducta original. El pequeño castigo, en cambio, opera directamente sobre la decisión en el momento exacto en que se toma.

Este principio no se queda en las bolsas plásticas. Steven Levitt, coautor del Freakonomics original, documentó cómo una guardería israelí que empezó a cobrar multa a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos vio aumentar, no disminuir, los retrasos. ¿Por qué? Porque la multa -apenas unos dólares- convirtió una falta moral en un precio de mercado. Los padres dejaron de sentirse culpables y empezaron a sentirse clientes. Pagaban gustosos por llegar tarde.

La lección para Colombia es directa. En un país donde la evasión tributaria ronda 6% del PIB según la Dian, y donde múltiples políticas públicas -desde el pico y placa hasta los subsidios de vivienda- dependen de que los ciudadanos “hagan lo correcto”, el diseño del incentivo importa más que su magnitud. No se trata de cobrar más caro, se trata de cobrar de la manera correcta, en el momento correcto, activando la fricción psicológica precisa.

La freakonomía no es una moda editorial: es un recordatorio de que la economía, en el fondo, es el estudio de cómo la gente responde a lo que le cuesta hacer algo, no a lo que le dicen que debería hacer. Y en esa distinción -entre discurso e incentivo- se juega buena parte del éxito o fracaso de nuestras políticas públicas.

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