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Hay palabras que hemos dejado secuestrar. Política es una de ellas.
La pronunciamos con prevención, cansancio o desconfianza. La asociamos al ruido, a los extremos, a las disputas interminables y a las temporadas electorales. Pero quizás el error más grande ha sido creer que la política les pertenece solo a quienes ocupan cargos públicos o aspiran a ellos.
No es así.
La política, en su sentido más profundo, es el arte de construir juntos. Es una conversación permanente sobre cómo queremos vivir, qué estamos dispuestos a cuidar y qué injusticias decidimos no normalizar más. Mucho antes de un tarjetón existe una decisión más importante: la de participar.
José Manuel Restrepo ha insistido en una idea poderosa: la política debe entenderse como una construcción colectiva. Tal vez allí esté una de las discusiones más urgentes de nuestro tiempo, porque cuando los ciudadanos se alejan de la política, el poder no desaparece; simplemente queda en manos de menos personas.
Hacer política no es únicamente aspirar a un cargo. También hace política quien lidera un voluntariado en un barrio olvidado, quien se organiza para defender una escuela rural, quien participa en una junta de acción comunal o quien entiende que opinar con argumentos también es una forma de cuidar la democracia.
La política está en las decisiones que tomamos sobre nuestros territorios, en la defensa de los espacios públicos y en la conversación incómoda, pero necesaria, entre quienes piensan distinto. Está en preguntarnos cómo garantizar oportunidades para los jóvenes, dignidad para los mayores y caminos reales para quienes sienten que el país dejó de mirarlos.
Quizás por eso deberíamos dejar de hablar de política solo cada cuatro años.
Confundir política con elecciones es como creer que la música existe únicamente el día del concierto. Las elecciones importan y son fundamentales, pero son apenas un momento dentro de algo mucho más amplio: la responsabilidad compartida de construir sociedad, y esta última exige algo que hoy parece escaso: disposición para escuchar, capacidad de disentir sin destruir y voluntad de encontrarnos incluso desde las diferencias.
En las regiones esto suele entenderse mejor. Allí donde los problemas tienen rostro y nombre propio, la política se parece más a ponerse de acuerdo para arreglar una vía, proteger una quebrada o sacar adelante una escuela. Menos ideología vacía y más propósito común.
Este domingo volveremos a tener una decisión en las manos. Ojalá la asumamos con responsabilidad. Votar también es un acto de construcción colectiva, pero hacerlo bien exige algo más que emoción, rabia o afinidad. Exige hechos, datos y memoria. Preguntarnos quién ha ejecutado, quién ha cumplido, quién entiende los territorios y quién ha demostrado capacidad para transformar realidades.
Porque la democracia no solo se honra votando; también se honra votando bien.
Y el arte de la política, al final, también nos pertenece.
Colombia fue pionera regional en entender la importancia de la transmisión eléctrica. Pero hoy corre el riesgo de quedarse rezagada. La transición energética no fracasará por falta de paneles solares ni de turbinas eólicas
De todas formas, el error de cada uno sería asumir que su particular visión se debe imponer sobre los otros. La equidad que los colombianos reclaman no se logra con experimentos socialistoides, como pretende Cepeda
Ahora la pregunta es si Shakira va a iniciar un proceso judicial para reclamar los perjucios que la administración tributaria le ocasionaron por virtud de la estrategia antes señalada