Analistas 14/11/2020

Setenta millones de votos

Después de varios días esperando de manera expectante el resultado final de las elecciones del que se supone es el país más avanzado del mundo, sabemos que el candidato demócrata, Joe Biden será el cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos, siendo el candidato más votado en todos los procesos electorales celebrados hasta hoy ¡Enhorabuena presidente electo Biden y vicepresidenta electa Harris! La espera ha merecido la pena.

Sin embargo, sin quitar un ápice de importancia y de la alegría que me supuso la noticia anterior, lo que realmente me preocupa, si no conociera la idiosincrasia de los norteamericanos o al menos de una gran parte de ellos, es que el actual inquilino de la Casa Blanca haya conseguido más de ¡70 millones de votos! La verdad es que es una hazaña sin parangón entre las democracias de primer nivel y quizás solo posible en aquel país.

Y es una hazaña porque, sin analizar su modo de llegar a la presidencia, que ya ha dado lugar a infinidad de artículos, comentarios, juicios..., creo que no he conocido a un dirigente que haya cometido tantos desatinos y haya violado tan repetidamente los principios democráticos, como este personaje. Ni siquiera los que defienden su éxito en lo económico, tienen razón en alabar su gestión porque lo único que ha hecho ha sido saber surfear con una cierta habilidad, una ola de crecimiento sostenido que venía de la presidencia anterior. Es cierto, que podía haber sido capaz de ni siquiera gestionar esa tendencia positiva, pero no, lo ha hecho y ciertos indicadores como el desempleo, el PIB..., han crecido por encima de la media de los países de la Ocde. Incluso algunos le atribuirán los crecimientos bursátiles de los últimos años, cuando cada vez más se demuestra que una cosa es la economía real y otra la de los mercados de valores.

¿Pero esa bonanza económica es suficiente para lograr esos millones de votos? ¿Ninguno de sus votantes ha puesto en el otro lado de la balanza el coste que ha tenido (y que tendrá para el país), la cantidad de tropelías, abusos de poder, descalificaciones, negligencias (“su virus chino” ha causado más de 250.000 muertes y los contagios suben y suben cada día, en gran parte por sus comunicaciones erráticas, despectivas hacia sus asesores científicos, contradictorias y alentando a la gente a hacer caso omiso de recomendaciones de general aceptación en todo el mundo) cometidas? A todo lo anterior, hay que sumar el descrédito internacional, su nacionalismo a ultranza mentiroso, el racismo que ha generado una brecha social sin precedentes es aquel país, el desprecio hacia los inmigrantes... Todo esto ha sido su “modus operandi” diario y está culminando en la negación del resultado electoral, cuestionando la honorabilidad y crédito de la democracia norteamericana y sus instituciones.

Pues es evidente que, para esos setenta millones de votantes, nada de lo anterior es suficiente como para desalojar a ese tipejo que ha logrado crear una sociedad maniquea: de buenos (ellos) y de malos (todos los demás), absolutamente enfrentada y que va a llevar años volver a “medio” conciliar. Desde mi punto de vista, esto solo es posible en este país y es aquí donde entra la idiosincrasia de muchos de sus ciudadanos.

Sin embargo, creo que también una gran culpa del “éxito” en el número de votantes del candidato del G.O.D. (como se denomina al partido republicano; Grand Old Party), ha estado en la propuesta presentada por el partido demócrata. Es difícil de entender que no haya un candidato entre todos los posibles en ese partido que transmita más de lo que transmite el “políticamente correcto” Biden.

Es cierto que, en épocas tumultuosas, una persona moderada, conciliadora, “respetuosa”, como contraposición a lo que tienen, podría ser un buen candidato. Sin embargo, repasando sus casi cincuenta años de vida política, con más sombras que luces, es evidente que su elección ha servido para que su adversario se creciera y continuara con sus soflamas indignas que han estado a punto de lograr que siguiera pisoteando la institucionalidad democrática durante cuatro años más para mayor descrédito como nación.

Solo se puede entender su decisión como una estrategia a medio plazo que sitúe a su vicepresidenta Kamala Harris como la futura candidata y por qué no, presidenta de los Estados Unidos. Quiero y me encantaría pensar que la vicepresidenta va a tener un papel mucho más protagónico del que se le reservaban a sus antecesores, en estos cuatro años.

Ya anunció el déspota presidente antes de las elecciones y con más énfasis tras los recuentos, que pondrá una pléyade de abogados a recurrir los resultados de algunos estados en los que el voto anticipado cambió el signo de la designación de sus votos electorales. Incluso ha apelado al Tribunal Supremo, de amplia mayoría republicana y más tras su última maniobra “barriovajera” de que les pedirá para que intervengan y acaben con lo que él llama “fraude electoral” y “robo”

Hasta enero “hay partido”; real o jurídico, con mayor o menor incidencia en las calles lo cual podría no ser tan importante, salvo por el pequeño detalle de que nos encontramos con un país “civilmente armado”, pero este “payaso”, tal y como le llamó Biden en su primer debate, va a morir matando. Ya lo ha dicho: “no me gusta perder a nada”. Ha empezado a destituir asesores y cargos públicos que critican su gestión y en el partido al que representa hay una clara división por la no aceptación del resultado electoral. Los visos de fraude solo están en su imaginación y en su mal perder.

Hoy podemos dormir un poco más tranquilos que hace una semana, pero el camino que queda por recorrer va a ser largo y tortuoso. Esperemos que los setenta y ocho años del electo presidente no le pasen factura.