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Analistas 24/10/2026

Elecciones

Ignacio-Iglesias
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Tras semanas deshojando la margarita y para acabar con las quinielas que inundaban las tertulias radiofónicas y otras más dicharacheras propias de bares y cafés, nuestro querido y odiado, elevado y denostado, a partes iguales, presidente del gobierno decidió convocar elecciones generales para el último domingo de noviembre.
Nadie sabrá si su enésimo descalabro parlamentario, en este caso la no aprobación de dos decretos sobre la vivienda que necesitaban el apoyo de su díscolo, interesado y nacionalista antediluviano supuesto socio catalán, fue la causa que le llevó a tomar esa decisión o si, por el contrario, fue la excusa perfecta y encontró el momento que estaba buscando.

Es curioso que el partido catalanista que fue cómplice de su investidura “tramposa” hace tres años, pese a su absoluto antagonismo ideológico, haya sido el que le ha dado la puntilla y le ha obligado a convocar elecciones. A nadie extraña. Los objetivos de dicho partido nacionalista siguen siendo los mismos, antes, ahora y siempre: la independencia. Está claro que, tras siete años al frente del gobierno, todavía es muy difícil leer esa mente tan maquiavélica, cuyo único objetivo es mantenerse en el poder, disfrazando su interés personal con frases adornadas de progresismo, políticas sociales y, por supuesto, el mantra que no desaparece de su boca en ninguno de sus discursos o apariciones públicas: el maniqueísmo sectario de “nosotros buenos, ellos malos malísimos”.

Las encuestas, a un mes vista de las elecciones, le son del todo desfavorables, y aunque convocar unos comicios suele dar a quien gobierna la vitola de caballo ganador por toda la maquinaria que puede desplegar desde el poder, además del uso de sus medios afines, las perspectivas no pintan demasiado bien para nuestro querido presidente Sánchez, último reducto del progresismo europeo.

En cualquier caso, si no ganara o, aun ganando, no pudiera gobernar (hay que recordar que en las elecciones de 2023 el partido con mayor número de escaños no logró la investidura), y salvo que sus resultados fueran catastróficos, ya está urdiendo su plan para hacer de la próxima legislatura una carrera llena de obstáculos y, con ello, forzar un adelanto electoral que le permita volver al poder.

Nuestros comicios son los primeros de un ciclo electoral muy activo en Europa en los próximos meses: presidenciales en Francia, legislativas en Italia, Polonia y Finlandia (sin descartar las de Alemania, tras el poco crédito y la falta de apoyos del canciller Merz), al margen de votaciones locales en diferentes países. A ellos hay que añadir la segunda vuelta de las presidenciales brasileñas, las midterms en EE.UU. y las legislativas en Israel, entre otras.

Si hubiera que escoger una frase que defina todas estas elecciones, sería esta: las opciones extremistas y excluyentes priman sobre los partidos tradicionales que han sido la base para el desarrollo de lo que es hoy Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Partidos socialdemócratas, conservadores moderados, democristianos y liberales han perdido por completo su credibilidad por ser incapaces de dar soluciones a los problemas que nos golpean desde la crisis de 2008, la pandemia de 2020 y, como colofón, el choque energético de 2022.

No se ven avances claros en reducir la desigualdad, dar solución al problema de la vivienda, trabajar en un futuro que sea medianamente promisorio para la juventud, gestionar adecuadamente la cuestión migratoria, limitar el protagonismo de los tecnooligarcas que pretenden dirigir el mundo a su antojo o construir un orden internacional donde prime el multilateralismo sobre la política de bloques (EE.UU. frente a China, principalmente). Muchos de estos problemas se podrían solventar mediante el diálogo, el consenso y la colaboración, dejando a un lado posiciones ideologizadas; son temas que requieren un pacto de Estado. En estos momentos de tanto sectarismo, eso es una pura quimera.

Todo eso ha llevado a que las opciones más antisistema, tanto de derechas como de izquierdas, hayan encontrado un caldo de cultivo magnífico para defender posiciones que cuestionan todo lo logrado en 80 años y empiecen a proclamar y promover con vehemencia políticas nacionalistas, frentistas y autocráticas que, en última instancia, ponen en jaque el sistema político de nuestra era: la democracia parlamentaria.

España no va a ser una excepción. Al margen de las siglas de los diferentes partidos políticos, solo se manejan dos posibles alternativas absolutamente antagónicas, donde lo de menos es lo que se propone y lo que se busca es acabar con el que se tiene enfrente. Insisto: maniqueísmo llevado a su máxima expresión.

Cada vez hay menos mandatarios que gobiernen para la totalidad de los ciudadanos. Solo les importa su electorado. Se levantan muros. Hay que asegurarse los votos de los suyos, y con eso existen posibilidades de gobernar si se logra coquetear con los siempre interesados partidos regionalistas vascos o catalanes y conquistarlos, partidos que velan más por su ombligo que por el bien del país del que forman parte, aunque insistan en querer salirse de él. No se dan cuenta estos partidos locales, dada su cortedad de miras, por no decir mental, de que solos serían el hazmerreír internacional y lograrían la mayor podredumbre posible para sus ciudadanos. Les da lo mismo: ellos continúan con su raca-raca.

Los partidos a priori más “centrados” han dejado a un lado su careta de mesura y su perfil como opciones “de Estado” para radicalizar sus discursos y, con ello, acercarse a las formaciones más extremas, ya sea para no perder o reconquistar a sus votantes, o porque, en estos momentos, solo defendiendo posiciones sectarias son capaces de captar la atención de ese gran número de electores descontentos y despectivos con las opciones más moderadas, a las que ven incapaces de solucionar los problemas existentes.

Surgen movimientos sociales que ocupan las ciudades para reivindicar ciertos derechos y frente a ellos aparecen otros que defienden lo contrario; unos y otros se provocan, se desprecian, se generan altercados y todo lleva a disturbios de tal magnitud que terminan con cargas policiales e incluso con la intervención del ejército. Ejemplos de estos riots llenan cada día las páginas de los periódicos, las imágenes de televisión y los minutos de radio: París, Milán, Bruselas… y dudo que no se extiendan a más ciudades europeas.

Este enfrentamiento brutal y binario no tendría tanto predicamento si lo que durante décadas se ha considerado el cuarto poder, la prensa, ejerciera como tal y no como mamporrero de esos bloques. Lo de su labor de control y fiscalización del poder ha pasado a mejor vida. Ahora es más importante el amarillismo que la noticia; el chascarrillo que la información de calidad. Se quejan de las redes sociales, pero la mayor parte del periodismo actual se siente mucho más cómodo en esa realidad que en la génesis de su profesión.

Estamos en un momento muy complejo y complicado. Cada vez creo más que la sociedad civil debería dar un paso adelante y tener un mayor protagonismo en la vida pública de los países. Es más que evidente que los políticos que tenemos al frente anteponen sus intereses y los de su grupo de acólitos al bien común y a lo mejor para su país y, en definitiva, para la humanidad. ¿Quién se atreve antes de que sea demasiado tarde? Yo estoy dispuesto.

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