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El miedo no ayuda

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Ignacio Iglesias Lozano - iiglesias@niglocomunicacion.com Analista

Ya en enero teníamos noticias del virus que estaba empezando a causar alguna que otra desgracia en la lejana ciudad de Wuhan, pero lo cierto es que nuca pensamos que casi seis meses después estaríamos en una situación tan dantesca como la que estamos viviendo actualmente y que previsiblemente nos tocara vivir en los próximos meses o incluso años.

Cuando hace tan sólo unos meses hablábamos de las grandes epidemias de la humanidad como la peste negra, la gripe “mal llamada” española…, lo veíamos como algo del pasado, tan lejano que era impensable que sucediera ahora por la diametral diferencia en la situación de desarrollo en la que está nuestro mundo en el siglo XXI.

A esto había que sumar que ciertos brotes de enfermedades muy contagiosas, unas similares y otras no tanto, que habían “intentando” atacarnos en los últimos años, se habían logrado controlar antes de tener una letalidad importante. Lo que sorprende es que pensadores, muchos de ellos casualmente aparecidos en estos meses, ya vaticinaban hace años que el principal peligro para la humanidad no eran las guerras, las desigualdades sociales y económicas, ni el cambio climático…, que también, sino las pandemias globales de contagio incontrolable.

Nos creíamos invencibles y capaces de controlar el virus chino y no tengo que citar de nuevo las cifras de esta pandemia que, si bien se empieza a controlar en Occidente, al menos de momento, comienza a tener efectos letales muy reseñables en zonas del orbe donde el impacto puede ser devastador por la precariedad en la que viven cientos de millones de personas.

Nos ha pillado el toro con los pantalones bajados y correr así es complicadísimo por no decir imposible. Si a esto unimos, la complejidad del virus y sus efectos, la movilidad continua de personas, la ingente información contradictoria y muchas veces sectaria y falsa sobre la epidemia, la poca o más que cuestionable claridad de acción de la gran mayoría de los dirigentes políticos que buscan más su rédito electoral, que gestionar el problema con eficacia y el auge de los populismos de uno y otro lado, dentro de un mundo quizás demasiado globalizado y sin fronteras, hace que se haya instaurado entre nosotros la palabra, MIEDO.

Ese miedo recela, retrae, cuestiona, ataca incluso más que el propio virus y afecta a todos los ámbitos de nuestra vida. Nos afecta en nuestras relaciones con familiares y amigos, “¿será conveniente juntarse con ellos por miedo al contagio?” “¿con quiénes habrán estado?”. En las profesionales, “¿será seguro acudir a la oficina a trabajar?” “¿no será mejor tener las reuniones de manera no presencial?”.

En las económicas, “¿no será mejor llevar una vida más austera y gastar menos?”, “¿viajar para qué?”, “¿realmente es bueno estar tan conectados con el resto del mundo?”, “¿globalización o nacionalismo a ultranza para no depender de redes de suministro externas o de terceros países que acaparan la oferta de ciertos productos claves para la supervivencia nacional? Estas son sólo algunas de las preguntas que nos hacemos cada día

Incluso puede llegar más allá y ya se habla de un nuevo “racismo vírico” hacia el país donde se generó la pandemia, hacia aquellos otros que no hacen lo posible por controlarlo o que quieren sacar ventaja de la situación de “shock” en la que vivimos.

Pareciera que, aunque todos queramos volver a la “normalidad”, hay algo dentro de nosotros que nos lleva a cuestionar todo y a haber perdido la confianza en este mundo. Se ha pasado de la ligereza bien entendida con la que vivíamos hace seis meses a la desconfianza inconsciente (o muy consciente, según se quiera mirar). Y todo ello pese a que en las todavía incipientes reuniones “sociales”, alardeemos de que vayamos a hacer lo mismo que antaño. Mentira. Es un puro mecanismo de defensa. Sólo hechos tan banal como el de usar mascarilla o de saludarnos con los codos son una manifestación de ese temor.

Tenemos que sacarnos el miedo de encima y lo mejor es que sea lo antes posible para evitar que todo lo que se ha logrado en las últimas décadas se diluya como un azucarillo y volvamos a tener que caminar por una senda que, más bien que mal, ya habíamos superado.

¿Cuál es la clave para lograr superar ese miedo? Puede haber muchas circunstancias que nos lleven a vencerlo, pero creo que todas se resumirían en una palabra: CONFIANZA. Y la confianza se logra en primer lugar transmitiendo seguridad y manifestando una coherencia entre lo que pensamos, decimos (comunicamos) y hacemos. Ahora más que nunca tiene que haber más consistencia en esos tres verbos. De lo contrario, cada paso hacia adelante que queramos dar, puede convertirse en dos pasos hacia atrás.

Lo anterior no significa que tengamos que replicar en su totalidad nuestro previo “modus vivendi et operandi”. No me refiero a eso. Son momentos de catarsis y por ende hay que reflexionar lo que hemos hecho mal e intentar corregirlo, adaptarlo, pero no por ello podemos caer en el absoluto cuestionamiento y catastrofismo de todo y de todos.

En estos días es donde debemos aplicar en su acepción más extensa y completa nuestros genérico “Homo Sapiens”. Que se note que estamos en el escalón más alto de la pirámide terrenal, pese a que algunos, aquí y allá, con sus comportamientos cada día den muestras de una “involución” preocupante que potencie esa sensación de inseguridad y desconfianza.

Ahora toca “sumar”. Sumar con sentido y siendo más positivos que nunca. Todas aquellas personas, dirigentes, marcas, países…, que busquen únicamente su provecho individual tienen los días contados y el impacto sobre ellas será tan negativo e inmediato, que dudo que sean capaces de recuperarse.

No necesitamos discursos paternalistas, proteccionistas y que transmitan temor. Tampoco los imprudentes y temerarios. Hay que ser “meaningful (relevantes) en todos los sentidos y cada uno en su ámbito de actuación.

En estas “sacudidas” la bonhomía, la solidaridad y la gestión eficiente y desinteresada de los problemas, son los atributos que deben primar. Tenemos una oportunidad magnífica de demostrarnos a nosotros mismos que somos capaces de salir reforzados de situaciones complejas e imprevisibles como la que nos está pegando. ¡Hagámoslo!

¿Quién dijo miedo?

PD: Políticos de salón y charlatanes …, abstenerse.

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