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La presión mediática por no quedarse atrás en la implementación de la IA está llevando a muchas juntas directivas y equipos ejecutivos a hacerse una pregunta válida: ¿vamos por el camino correcto o nuestros competidores nos están dejando atrás?
El primer elemento que debemos tener en cuenta es que el acceso a las herramientas de IA se ha vuelto prácticamente democrático. Hoy, casi todas las empresas pueden acceder a modelos, copilotos, asistentes y plataformas similares. Por eso, la diferencia competitiva difícilmente estará en tener acceso a la herramienta. Volvemos, entonces, a un principio básico de la administración: la ventaja no está solo en los recursos disponibles, sino en la forma como se usan.
Y es precisamente ahí donde aparecen los dos elementos fundamentales para capturar valor con IA. El primero es contar con una estructura de datos confiable, conectada y suficientemente representativa de las interacciones reales del negocio. Sobre este punto ya he escrito en columnas anteriores y lo sigo resaltando como la base fundamental para cualquier despliegue serio de IA.
Pero hoy quiero concentrarme en el segundo elemento fundamental, y muchas veces menos discutido: los procesos de negocio. Porque la IA no transforma una organización simplemente por “estar ahí”; la transforma cuando se integra en la forma como el trabajo realmente ocurre en el día a día de la operación.
• El reto de los líderes no es adoptar IA, es rediseñar la forma de operar: la IA es la oportunidad para rediseñar el modelo operativo: cómo fluye la información, cómo se escalan los problemas, cómo se priorizan los recursos, cómo se conectan las áreas, cómo se mide el desempeño y cómo se aprende de las desviaciones.
En una operación tradicional, el dato viaja lento: se captura, se consolida, se revisa, se interpreta y luego se actúa. En una operación aumentada por IA, el dato debería activar una recomendación, una alerta, una simulación o una acción casi en tiempo real. Esa diferencia parece simple, pero cambia profundamente la lógica y la velocidad de gestión.
• La IA no corrige el flujo de trabajo roto: si el proceso tiene fricciones, aprobaciones redundantes o información fragmentada, añadir IA magnifica todos los problemas, haciéndolos más visibles y costosos.
• La unidad de mejoramiento no es la tarea, es el proceso: automatizar una tarea genera eficiencia marginal y probablemente elimina puntos de dolor a algunas personas, pero el impacto real ocurre cuando se rediseña el proceso completo, evolucionando de métricas orientadas a “cuánto más rápido hace la tarea una persona” a “cuánto más rápido se ejecuta el proceso de punta a punta”.
• La resistencia al cambio del proceso es más profunda que la resistencia a la tecnología: los equipos adoptan herramientas de IA relativamente rápido. Pero cambiar cómo se coordina el trabajo -quién aprueba, quién inicia, qué se mide- toca hábitos, estructuras de poder e identidades construidas durante años. Ese es el cuello de botella real: no es solo técnico, es político y cultural.
No basta con preguntar qué herramientas estamos usando, cuántas licencias tenemos o cuántos pilotos están en marcha. La pregunta más importante es otra: ¿qué procesos críticos del negocio estamos rediseñando para que la IA tenga un impacto real?
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