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Analistas 25/03/2021

Reivindicación de la humildad

Héctor Francisco Torres
Gerente General LHH
La República Más

La semana pasada, el Partido Popular por la Libertad y la Democracia, VVD, ganó las elecciones generales en Holanda por cuarta ocasión y su líder, Mark Rutte asumió de nuevo el cargo de primer ministro. Desde su primera posesión como jefe de gobierno en 2010, Rutte se ha caracterizado por su bajo perfil: recorre las calles de La Haya en bicicleta, usa un teléfono celular modesto y alterna sus responsabilidades de gobierno con la enseñanza del idioma holandés y con la cátedra de estudios sociales en un grupo de escuelas públicas. Su carrera política parece ser producto de la vocación y no de cálculos o intereses personales, pues la inició después de desempeñarse durante diez años en diversos cargos del área de gestión humana en uno de los conglomerados empresariales más importantes del mundo.

El ejercicio del poder rara vez va de la mano con la humildad y por eso el primer ministro holandés -uno de los pocos líderes que han convertido esta virtud su sello personal- es un caso aislado. Lo usual es que el mando esté acompañado de esa arrogancia que lleva a los dirigentes a sobrestimar su talento, a sentirse omnipotentes, a cometer errores que con egos deshinchados habrían sido evitables, a culpar a los demás de sus juicios equivocados e incluso a inventar con obstinación universos paralelos en los que sus acciones y decisiones sean justificables.

Aunque parezca paradójico, la humildad es inherente al liderazgo entendido como una práctica de influencia y no como el desempeño de una dignidad. La humildad no implica genuflexión ni ausencia de carisma; no es sinónimo de debilidad ni de pusilanimidad; tampoco significa eufemismo en la comunicación ni ambigüedad en la toma de decisiones.

Es, por el contrario, una cualidad que otorga a los líderes que la cultivan la claridad para reconocer y aceptar sus propias debilidades; la capacidad para escuchar a los demás y entender sus percepciones; la tranquilidad para admitir los errores propios, corregirlos y capitalizarlos; el discernimiento para recibir los aportes desinteresados y descartar la zalamería; la audacia para promover el desarrollo de las personas y la ausencia de vanidad para identificar y promover a sus sucesores.

Para fortuna de las organizaciones y de sus dirigentes, la humildad en el liderazgo empresarial es una capacidad que se puede desarrollar. Creo firmemente que la empatía y los buenos hábitos de comunicación se convierten en valiosos aliados de los líderes cuyo propósito sea construir y agregar valor, por lo que me atrevo a plantear algunas sugerencias. Para comenzar, vale la pena aceptar que todas las personas tienen algo que enseñarnos y, por lo tanto, como bien lo indica la reconocida periodista estadounidense Celeste Headlee, es necesario asimilar la diferencia entre escuchar para entender y escuchar para responder (privilegiando siempre lo primero).

Conviene también resistirse a la tentación de, acaballados en la jerarquía, imponer nuestras opiniones, y más bien convertir ese impulso en el sano hábito de integrar y extrapolar las ideas personales con los puntos de vista de quienes nos rodean, para conseguir la mayor cantidad posible de alternativas y seleccionar las mejores. Finalmente, quienes tengamos como propósito dejar un legado perdurable, debemos identificar el momento oportuno para entregar la posta y dar paso a una nueva generación de líderes fuertes y preparados, cuando aún hacemos falta y no cuando empezamos a hacer estorbo.