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Analistas 21/04/2021

En direcciones opuestas

Héctor Francisco Torres
Gerente General LHH

No he sabido de ninguna empresa, por visionaria e innovadora que sea, que haya tenido la capacidad de prever el impacto del covid-19 o sus consecuencias sobre los mercados, la productividad y los resultados. La avalancha de incertidumbre y ambigüedad que atropelló al planeta hace catorce meses sepultando planes y estrategias, no dio tiempo a los directivos de las organizaciones para ajustarse a los acontecimientos, pero dejó al descubierto la ausencia generalizada de una competencia entonces importante y ahora indispensable: el liderazgo centrado en las personas. Este vacío en el liderazgo tradicional -que se hizo evidente a raíz de los cambios en el mundo del trabajo causados por la pandemia- revivió con fortaleza el concepto septuagenario de wellness, acuñado por el médico norteamericano Halbert L. Dunn, que ayuda a entender el equilibrio requerido por las personas desde una concepción amplísima que cubre la salud física y mental, el bienestar emocional y las condiciones sociales, laborales y ambientales, procurando llevar a los individuos a su máximo potencial.

Muchas organizaciones han concluido que, más allá de implementar costosos programas enfocados en la salud física de la fuerza de trabajo (cuya efectividad aún se debate) el bienestar integral de los empleados es una buena inversión pues está directamente relacionada con un incremento en la productividad, tal como se documentó hace varios años en una encuesta llevada a cabo por la sociedad norteamericana de gestión humana, (Shrm), y además trae consigo una rentabilidad aumentada que es, hasta hoy, el indicador más común para medir el éxito de los negocios.

Mientras un número creciente de líderes empresariales reenfocan sus acciones hacia el wellness para asegurar la sintonía con las realidades y necesidades individuales de los integrantes de sus equipos de trabajo, son escasos los gobernantes que aceptan la trascendencia de este concepto y no sorprende que entre ellos aparezca Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda, que hace poco reconoció el vínculo inseparable entre la economía y el bienestar integral de los ciudadanos, e indicó que, por formar parte del mismo tejido sociopolítico, la primera no puede prosperar sin el segundo.

Así como estamos acostumbrados a la claridad y liderazgo de la estadista neozelandesa, no produce asombro encontrar en nuestra región varios ejemplos de gobernantes desenchufados que desdeñan las opiniones y desconocen los clamores, necesidades y expectativas de sus compatriotas. Esta desconexión que parece multiplicarse a la misma velocidad de los contagios del virus que nos ataca, suele ser producto de la ceguera causada por los abultados egos y la prepotencia que acompaña a estos conocidos personajes. No han comprendido que la pandemia dejó de serlo y se transformó en una “sindemia” que, según el antropólogo médico Merrill Singer, creador del término, no es otra cosa que la presencia simultánea y la interacción de factores biológicos, sociales y ambientales, cuyo impacto va mucho más allá de la salud pública.

Es el momento de que, siguiendo el buen ejemplo de muchos líderes empresariales, los mandatarios vean la realidad que enfrentamos en su verdadera dimensión y comiencen a tomar acciones alineadas con las prioridades de sus mandantes, entendiendo también que avanzar en la dirección opuesta es, en realidad, retroceder.