Libertad, sociedad y economía

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Colombia podría ser mucho más próspera y menos desigual. Solo requiere ordenarse mejor, con sujeción a pautas prácticas, que faciliten la construcción de una ética compartida apropiada, tolerante y respetuosa. Le cabe vincularse de manera eficaz al mundo para enfrentar los grandes retos de la especie, y en el proceso integrarse con los demás países bolivarianos de manera que la suma tenga la masa necesaria para absorber los costos de la institucionalidad pública y construir mercados de bienes y servicios de suficiente para ser plataforma de unidades productivas viables en la economía globalizada. El reto es diseñar procesos públicos apropiados para enfrentar las tareas con productividad, sin burocratización.

La humanidad debe producir lo necesario para sobrevivir, consolidarse, prosperar y además cultivar el sentido crítico; debe poner en tela de juicio todas las premisas sobre conductas apropiadas, y así facilitar la evolución hacia esquemas sociales de más dimensiones. Ello requiere relación eficiente entre los recursos que se consumen y el producto resultante de los procesos de producción, distribución y consumo. La tarea exige lograr soluciones sostenibles desde la perspectiva económica, social y ambiental, y preservar la búsqueda de la libertad como propósito, para evitar ordenamientos cuyo cimiento sea la inhibición de la personalidad. Se cuenta con los beneficios de la fotosíntesis, que permite transformar la energía solar para utilizarla con inteligencia, sin agotarla. Cabe observar, sin embargo, que este inventario de propósitos propuestos por Occidente para el mundo a raíz de las guerras mundiales enfrenta hoy serios obstáculos en todas partes. El primero es el machismo, que promueve el desperdicio del potencial productivo de la mitad de la humanidad en todas partes en mayor o menor grado.

El segundo es la incapacidad de las instituciones para adaptarse a necesidades cambiantes, lo cual genera conjuntos inadecuados de reglas para materializar las posibilidades que ofrecen los recursos existentes: la rigidez es fruto de mal diseño de los procesos que gobiernan la dinámica del ordenamiento social. El tercero es la incapacidad para enfrentar en la arena institucional a sicópatas y sociópatas, capaces de perseguir propósitos incompatibles con el respeto por los demás; ello explica por qué personas con desbordada capacidad de trabajo en pro de objetivos personales, que desbordan incluso la búsqueda de prestigio o patrimonio, logran prominencia en lo público.

Las deficiencias de diseño de Colombia son muy marcadas, aún en el contexto de Latinoamérica, perturbada por la ilusión de tener un líder capaz de guiar a su pueblo como lo hizo Moisés. La inconveniencia de nuestros procesos para legislar, juzgar, administrar y controlar apunta a la necesidad de una revisión rigurosa de lo más básico de nuestro ordenamiento público, cuya improductividad es angustiante. Se debe reconocer lo evidente en lo relacionado con las deficiencias de las instituciones básicas, y entender que el país de hoy, más urbano y educado que el de hace tres décadas, merece mejores soluciones. Consecuencia del rediseño ordenado puede ser un gran salto hacia la civilización, con aumentos dramáticos de la productividad de toda la sociedad. Es más difícil y riesgoso convivir con lo existente que hacer la tarea de repensar todo lo público.

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