La evaluación de posiciones políticas tiene diversas dimensiones. Así, en Singapur conviven apoyo al empleo por el Estado, que sería libertad económica, y restricciones a manifestaciones de inconformidad. Hay limitaciones al derecho de reunión y a la libre expresión, con el argumento de que ellas hacen posible la seguridad para la población. Además es obligación cumplir cánones de conducta muy restrictivos. El nivel de ingreso es altísimo (cerca de US$60.000 por año vs. menos de US$7.000 para Colombia) y el coeficiente de Gini, que mide la distribución del ingreso, es bajo (0,38, vs. 0,5 para Colombia, uno de los 20 más altos del mundo y, por ende, más desiguales). La tasa de homicidios en Singapur es bajísima, menos de uno por cada 100.000 habitantes, vs. cinco en EE.UU., quizá la más alta entre países desarrollados, y 25 en Colombia.

Hay dos polos de referencia en materia de propuestas en el mundo de hoy: el populismo, que ofrece a los electores lo que quieren oír, y la tecnocracia, que desestima la opinión prevalente, pues cree estar cerca de la verdad con el apoyo de modelos que, en teoría, permiten simular el desenlace en ingresos y distribución con distintas estrategias. Los populistas, de derecha e izquierda, pueden alcanzar la victoria electoral, pero la escasa consistencia de sus programas, orientados a cultivar la opinión pública para mantenerse en el poder, suelen llevarlos a situaciones en que solo medidas muy restrictiva los sostienen. Los tecnócratas, en contraste, pocas veces tienen la gracia necesaria para seducir electores, pero en ocasiones apoyan a los populistas durante las primeras fases de su gobierno, con la esperanza fallida de persuadirlos; es fácil caer en la trampa de creer que el fin justifica los medios.

Existe el centro como renuncia al populismo, pero es preciso ir más allá. Algunas personas son partidarias de la propiedad estatal de los medios de producción porque rechazan abusos de parte del capital privado; otras prefieren que el Estado no asuma papel alguno, porque desconfían de la corrupción, quizá cada día mayor, y de la ineficiencia de la burocracia pública. La solución está en lograr regulación efectiva para evitar conductas inapropiadas y proteger el interés general.

¿Es Singapur el modelo? Nuestra sociedad cree en la premisa de respeto a las libertades individuales, y probablemente no estaría dispuesta a renuncias fundamentales. Tampoco es necesario sacrificarlas para lograr tasas de crecimiento elevadas con mejor gestión pública y privada. La combinación de adecuada planificación, efectiva ejecución y control certero es imbatible. Se logra con voluntad, instituciones y ética en todas las dimensiones de la vida. Este último elemento es un reto, pues hay diversos criterios, pero se debe abordar. Es preciso concertar reglas mínimas de conducta consistentes con la viabilidad social, económica y ambiental como objetivo, y con el respeto como restricción.

El liderazgo en lo ético es tarea de todos, pero la comunicación y el ejemplo visible son del dominio de lo público: las autoridades deben definir y cumplir normas de conducta en la gestión, sobre todo si hay mucho poder en cabeza de una sola persona, como en el régimen presidencial. Los procesos acertados generan resultados positivos: se logra buena educación, infraestructura eficiente y, sobre todo, buenas leyes y justicia oportuna y equitativa.