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Demografía y economía

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Tal vez la pregunta más compleja en materia económica está relacionada con quién va a trabajar para sostener una población cada vez más vieja en el mundo entero. La población humana de nuestro planeta se cuadruplicó en el último siglo, pero la tasa de crecimiento se ha reducido en las últimas décadas, excepto en países muy pobres, en particular en África al sur del Sahara. La población rural hace un siglo era más de tres cuartos del total; hoy las proporciones se han invertido. La preparación para la vida laboral se ha extendido: se requiere más formación para conseguir las destrezas que exige el mercado laboral. Quizás el cambio más drástico ha ocurrido en la expectativa de vida, de poco más de 30 años al comenzar el siglo pasado a más de setenta hoy, primero como consecuencia de mejoras en higiene básica, y después por la revolución de la medicina moderna. Lo cierto es que la proporción en fase productiva se reduce, porque se debe invertir más años en capacitarse y la edad máxima de producción no aumenta de la misma manera. La obsolescencia se puede mitigar en algún grado mediante cuidado riguroso del cuerpo y cultivo metódico de la mente, lo cual requiere instituciones públicas apropiadas en salud y educación, pero la velocidad de cambio en las herramientas para controlar procesos e introducir nuevos modos de consumo y producción hace improbable la plena vigencia más allá de alrededor de setenta años. Por supuesto, hay dispersión amplia en esta materia, pero la realidad es, en últimas, implacable.

Los países desarrollados han sido reticentes a la inmigración en años recientes, sobre todo por las complejas consecuencias de la diversidad mal administrada para la armonía social, pero ya han enfrentado circunstancias en que ha sido necesario propiciar inmigración. En los sesenta la tasa de crecimiento de Alemania impulsó a importar ciudadanos turcos para mantener el crecimiento económico, porque no había suficiente mano de obra y había pleno empleo; solo había el desempleo propio de cambios en circunstancia social por matrimonios, nacimientos, enfermedades o defunciones, o en expectativas laborales. La gestión del asunto fue pésima, pues la normatividad establecía que solo los hijos de alemanes podían ser alemanes, lo cual llevó a que muchos niños nacidos en Alemania de padres turcos no podía aspirar a la ciudadanía del país donde nacieron. Hoy el fantasma de los inmigrantes lleva a decisiones torpes, como el Brexit, pero la inmigración puede resolver el problema de manera transitoria.

Es inevitable que la reducción en la tasa de natalidad se extienda a todos los países; serán necesarios grandes avances en productividad y automatización en todas partes. Eso puede traer mayores desigualdades, porque se fundamentará en conocimiento especializado que otorga privilegio a quien lo detenta. Será preciso inventar modelos de convivencia que aseguren para toda la población condiciones de vida con dignidad. La clave estará en la educación desde la gestación hasta la muerte para aprovechar los talentos de cada persona, y en instituciones públicas que ofrezcan malla protectora a toda la sociedad pero también incentiven el esfuerzo. Además habrá que asegurar la vida digna de quienes no hayan ahorrado suficiente: hay mucho trabajo informal en el mundo hoy. Es preciso anticipar realidades complejas para evitar catástrofes sociales.

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