martes, 17 de diciembre de 2019

Más columnas de este autor Guillermo Trujillo Estrada

El 87 Congreso Cafetero fue clausurado por el presidente Iván Duque, con un elocuente discurso, en el que, con todo derecho en forma de rendición de cuentas, realizó un balance sobre el cumplimiento de sus promesas.
Así mismo, señaló la hoja de ruta 20-30, con seis puntos específicos, con metas e indicadores. Un gremio tradicionalmente autónomo, que tanto pide y tanto recibe, tiene que admitir que “se le metan al rancho” como se dice coloquialmente.

Reclamó la creación del Fondo de Estabilización de Precios, proyecto que traían los parlamentarios desde el gobierno anterior y se convirtió en una bandera de campaña. En mi concepto, una duplicidad con el Fondo Nacional del Café, que sienta el precedente para los sectores que ahora reclaman un precio piso para productos agrícolas, por cuenta del Estado, igual al de los cafeteros.

También lo que denominó “la diplomacia al servicio de los pequeños productores”, dado que propuso en Naciones Unidas un diálogo entre los países para buscar justicia en el precio a los productores. Los países que defendemos el capitalismo y la economía de mercado como la mejor forma de asignar los recursos, compitiendo interna y externamente para producir bienes y servicios al precio más justo para los consumidores, terminamos renegando del sistema para obedecer a intereses de sectores de la producción.

La agenda que señaló el Presidente Duque en un hecho sin antecedentes en la historia de la Federación. Los congresos eran para concertar política económica y la cafetera, la economía dependía del café y el gremio era poderoso. En los últimos años era para pedirle al gobierno de turno ayudas múltiples, pero jamás habíamos visto quien le impusiera la agenda a la Federación, de manera específica, con plan de seguimiento.

Los seis elementos de la agenda son: el primero, más agronomía, más productividad y más calidad, como el lema usado en este congreso cafetero; en segundo lugar, una estrategia de diferenciación por calidad del café colombiano; el tercer punto, disminuir los costos de producción, en cuarto lugar, reducir la volatilidad de los ingresos del cafetero; la quinta estrategia, asociada a la comercialización y agregación de valor, y el último elemento, posicionar el café como instrumento de legalidad en los territorios.

Como cada estrategia comprende un listado de actividades, será tema para analizar en próximas columnas, pero hay muchos puntos que son discutibles y otros son continuación de programas de muchos años. Sí vale la pena anotar la ausencia de un propósito reformista en el ímpetu del gobierno, cuando es fundamental transformar a fondo las instituciones cafeteras para adaptarlas a las nuevas realidades y así poder ejecutar las seis estrategias.

Seguramente no está en el ánimo del gobierno controvertir con los cafeteros proponiendo cambios en las instituciones cafeteras que cada día se hacen más necesarios, pero no sobra advertir que de la misma forma y con el mismo poder que señaló el derrotero 20-30, podría asumir la tarea de proponer una reforma a fondo, en el entendido que solo el gobierno puede hacerlo, teniendo en cuenta que otorga por contrato remunerado a la Federación Nacional de Cafeteros la administración del Fondo Nacional del Café.