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Analistas 11/09/2021

Tecnología, el gran vacío de las estrategias contra ola de criminalidad

Guillermo Franco
Periodista/Consultor

A pesar de que el celular y la motocicleta están en el centro de la actual ola de criminalidad, bien sea como su botín, o como herramienta para consumar los delitos, las estrategias del Gobierno Nacional y los locales carecen del elemento tecnológico para enfrentarla.

Y es que con tecnología se podrían monitorear en tiempo real celulares y motos involucradas en hechos delictivos para ubicar a los responsables.

Por eso, produce algo de desconcierto escuchar algunos anuncios reiterados y repetidos del Gobierno y la Policía para combatir el fenómeno, así como análisis de expertos, que excluyen ese elemento tecnológico, en especial en el proyecto de seguridad ciudadana que el Gobierno llevará al Congreso, lo que equivale, literalmente, a usar estrategias del siglo 20 para combatir el delito en el siglo 21.

Veamos solo unos ejemplos de anuncios recientes en la prensa: “Cinco generales de alto nivel estarán a cargo de la seguridad de Bogotá”… “Se crearán Comandos Operativos de Seguridad Ciudadana (Cosec), para contrarrestar el delito en zonas específicas”, “Fenalco pide militarizar a Bogotá ante alarma por inseguridad”, “Se va a aumentar el pie de fuerza en 1.500 hombres”…

Casi todos estos anuncios tienen 2 elementos en común: la dependencia del recurso humano (“pie de fuerza”), que siempre se quedará corto y que podría ser potenciado con la tecnología; y la posibilidad de que se diluyan o desmonten en el tiempo, de la misma forma en que desaparece la presencia de la policía luego de hechos delictivos.

El proyecto de seguridad ciudadana, cuya presentación y ejes fueron anunciados por el ministro de Defensa, Diego Molano, en El Tiempo el fin de semana, también excluye el elemento tecnológico: controlar las armas menos letales, conocidas como armas traumáticas; restringir el porte de armas de fuego; castigar la reincidencia en el delito; incrementar el pie de fuerza; abordar el tema de la participación de las motos en los delitos.

Nadie niega que estas iniciativas sean importantes, o que ‘la mayoría’ vayan en la dirección correcta, pero también lucen cojas sin tecnología, a pesar de que por una ley tendrían más permanencia en el tiempo.

En una columna de opinión Ernesto Cortés, uno de los editores jefes de El Tiempo, aseguraba que el elemento fundamental de estas estrategias debería ser la ‘inteligencia’, concepto que podría involucrar el de la tecnología, pero que si así fuera está envuelto en un manto de misterio y secreto que no tiene ninguna justificación, y que amerita mención y estrategias explícitas.

Increíblemente, cuando se habla de tecnología no se hace referencia exclusivamente a tener más cámaras (algo deseable, y ojalá de alta definición), o cosas más sofisticadas como inteligencia artificial, ‘machine learning’, ‘big data’, o minería de datos, por mencionar solo algunas, que sería ideal tener y cuya efectividad ha sido probada en otras partes del mundo.

Hay otras más básicas, fáciles de poner en práctica, y, sobre todo, que ya están disponibles en nuestro contexto.

Es claro que detrás de la implantación de estas tecnologías hay una discusión justificada sobre la privacidad, el riesgo de las restricciones a las libertades individuales y los excesos, en particular en un país como Colombia, flagelado por la corrupción y con debilidades institucionales.

Existen antecedentes como la persecución a opositores y periodistas con interceptaciones ilegales, o la venta de información con propósitos diferentes a la seguridad, que muestran que la tecnología también se puede usar de forma perversa, pero también existen mecanismos políticos y sociales para controlarla.

Claramente, el tema del disparo de la criminalidad tiene un componente social, que se potenció con la pandemia, y se combate con empleo, educación y, valga la redundancia, programas sociales. Pero es innegable que también tiene un componente de seguridad.

De cualquier forma, tanto en el caso de los celulares como el de las motos hay que acabar con la percepción de que las tecnologías disponibles solo se usan o han usado en casos de “alto perfil”; en los que se vuelven mediáticos; contra los que son considerados enemigos del Estado, también descritos como “objetivos de alto valor”; o, lamentablemente, contra los enemigos del gobernante de turno.

La gente está cansada de tanto anuncio de nuevas estrategias, quiere resultados. La tecnología tendría gran parte de la respuesta para ofrecerlos.