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Coronavirus: el precio de evitar el pánico

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Guillermo Franco - guillermo_franco@post.harvard.edu Periodista/Consultor

Por tratar de evitar los efectos económicos del pánico, el Gobierno ha actuado reactiva y tardíamente para contener la propagación del Covid-19. Quienes han adoptado enfoques más radicales creen que por alto que sea el costo inmediato, a mediano y largo plazo será menor.

Si se analiza el manejo que ha dado el Gobierno de Colombia a la crisis del Coronavirus, queda la extraña sensación de que por pretender no propagar el pánico ha faltado una alta dosis de realismo, o que nos llegó una cepa diferente del virus: más fácil de controlar, más lenta en su propagación, más inofensiva.

Hasta el pasado miércoles también había un mensaje implícito de que algunas medidas para enfrentarlo, por benéficas que pudieran resultar anticipadamente, solo se debían tomar hasta que se alcanzara cierto nivel de propagación del virus, también por evitar el pánico.

Hasta el miércoles, porque ese día el ministro de Salud hizo explícito ese mensaje, como explicación para justificar la demora de decisiones que claramente se han debido tomar mucho antes, como el aislamiento preventivo de 14 días de las personas provenientes de China, Francia, Italia y España. Supuestamente, esta medida no era efectiva antes, pero habría bastado para aislar a la ‘paciente cero’ que entró por Eldorado.

Seguramente, nuestros expertos argumentarán que las medidas se toman de acuerdo con las fases de evolución de la propagación del virus. El único inconveniente con este argumento es que esas fases fueron definidas para virus conocidos, no para el Covid-19. Cabe preguntarse en qué fase se va a tomar la misma decisión de aislamiento de pasajeros provenientes de Estados Unidos, que está más cerca y donde está disparado el brote.

En la línea de evitar el pánico, explicada por el efecto negativo que puede tener en la economía, el presidente Iván Duque ha sido consistente en el mensaje (explícito en su primer pronunciamiento) de que “este es un momento (…) para no dejar que el miedo y la desinformación detengan nuestra vida cotidiana”. Pero si dejamos de mirarnos el ombligo, pues esta es una crisis global, basta leer y ver medios internacionales serios para darse cuenta de que en los lugares en los que el virus ha llegado las actividades cotidianas se han detenido no por la desinformación y el miedo, sino por un enfoque más radical, probablemente más realista, efectivo y responsable para contenerlo, a pesar de su costo económico y en términos de restricción de las libertades individuales (una discusión absolutamente válida).

La lógica de quienes han actuado más radicalmente es que por alto que sea el costo inmediato, a mediano y largo plazo será menor. Y casi todos los países que han adoptado estos enfoques radicales son los que muestran mejores cifras de contención del virus.

De ahí el aislamiento de ciudades y regiones enteras, por ejemplo, en China e Italia; la obligatoriedad del aislamiento para quienes hayan adquirido el virus; la suspensión de eventos masivos; la realización de torneos deportivos sin público; la suspensión de clases en colegios y universidades; el veto de vuelos internacionales procedentes de zonas de alto riesgo; la suspensión de los sistemas de transporte masivo o, en los casos en los que aún funcionan, su desinfección varias veces a lo largo del día (no solo en la noche como hace Transmilenio), y sigue un largo etcétera.

El efecto que está logrando el Gobierno es contraproducente: el mensaje para la población, en general, y medios de comunicación, en particular, parece que fuera que hay que ser escéptico con las versiones y el optimismo oficiales. Por eso, es un deber cuestionar y plantear los interrogantes correctos en bien de la población, que en realidad debería ser la prioridad número uno.

La razón es sencilla: por tratar de evitar los efectos económicos del pánico, el Gobierno ha actuado reactiva y tardíamente, dejando la iniciativa a protagonistas particulares y gobiernos locales.

No fue una directiva del Gobierno, sino una iniciativa de la Universidad de los Andes, dirigida por un ex ministro de Salud, la de suspender todos los eventos masivos. Iniciativa que luego fue seguida por la Universidad Javeriana.

No fue una directiva del Gobierno, sino una recomendación del Veedor Distrital de Bogotá a la Alcaldía, la de “no promover eventos que impliquen aglomeración en lugares cerrados”. De hecho, solo hasta última hora el Gobierno aceptó suspender la asamblea del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), programada en Barranquilla. No fue una directiva del Gobierno, sino primero decisión de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, la de declarar la alerta amarilla y suspender los eventos masivos con más de 1.000 personas.

Solo hasta el jueves, al declarar la alerta sanitaria, el Gobierno suspendió el desembarco de cruceros y canceló a nivel nacional todos los eventos con más de 500 personas.

Además de lo tardía de las decisiones, ¿de dónde salió que el número mágico de 1.000 personas, o 500, según el Gobierno, no es una aglomeración peligrosa para la propagación del virus? Ese número de personas son las que se reúnen fácilmente en los portales y estaciones de Transmilenio en horas pico.

A la par con la reactividad, se ha hecho evidente cierto grado de retraso (delay, como dicen los gringos) del Gobierno, en cabeza del ministro de Salud, en el conocimiento de la forma en que se está enfrentando en otras latitudes.

Por ejemplo, mientras el Ministro negaba en una emisora de radio que hubieran existido fallas en el Aeropuerto Eldorado para detectar a la primera portadora, y daba a entender que era inevitable la entrada del virus, pues según él los controles migratorios solo permitían detectar uno de cada tres casos, en Estados Unidos epidemiólogos aseguraban que el virus en ese país se habría podido parar con la realización de pruebas de laboratorio masivas a sospechosos y contactos (mucho más efectivas que los interrogatorios a pacientes asintomáticos), pero ya era demasiado tarde.

Obviamente, el país no tenía ni tiene la capacidad de hacerlo, lo que en realidad es una falla que muestra que el nuestro, como casi ninguno en el mundo, estaba preparado para una crisis de esta magnitud, a pesar de las afirmaciones oficiales.

Otro ejemplo: mientras el Ministro aseguraba que para contagiarse por contacto con otras personas (minuto 17:46), la exposición tenía que darse a menos de dos metros de distancia y haber sido sostenida durante al menos 15 minutos, en China, donde se originó el virus, se exigía ‘al menos’ un metro de distancia entre personas en supermercados, donde los contactos son de escasos segundos.

Así mismo, antes de que el ministro de Salud manifestara este miércoles que el Gobierno estaba (apenas) discutiendo un pronunciamiento sobre los eventos masivos, expertos en Estados Unidos ya habían planteado claramente que el “distanciamiento social” haría más lenta la propagación del virus y permitiría ganar tiempo valioso para el desarrollo de una vacuna y la investigación de tratamientos.

¿Vamos esperar a que, según las definiciones, pasemos de la etapa de la ‘contención’ a la ‘mitigación’, que en esencia significa reconocer que el aislamiento y la cuarentena de enfermos y contactos ya no son suficientes, para tomar decisiones más radicales, para no tener que llegar al bloqueo de la población (la alternativa que ya deberíamos haber adoptado hace mucho tiempo era promover el distanciamiento social voluntario)?

El ejemplo extremo de evitar el supuesto pánico y sus efectos económicos lo ha protagonizado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha reemplazado a los científicos y médicos como vocero del tema e incluso desautorizado a la Organización Mundial de la Salud (OMS), y los desastrosos resultados están a la vista.

Ojalá que la bienintencionada estrategia de no promover el pánico no nos lleve a un escenario como el descrito por el profesor de epidemiología de la Universidad de Harvard William Hanage: “Si el virus se detecta solo en la autopsia, es porque el brote ya está fuera de control”.

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