Analistas

¡Un cáncer no se cura con merthiolate!

A propósito del reciente fallo del Consejo de Estado en el que se obliga a varias autoridades de la Nación a invertir la suma de $6 billones para la recuperación y saneamiento del río Bogotá -al cual llevamos años y años tratando de “curarle un cáncer a punta de merthiolate”- es importante hacer un poco de memoria histórica de lo que ha sido el sobrediagnóstico que se le ha realizado al mal endémico que sufre esta importante fuente hídrica sin ningún resultado resaltable.

A propósito del reciente fallo del Consejo de Estado en el que se obliga a varias autoridades de la Nación a invertir la suma de $6 billones para la recuperación y saneamiento del río Bogotá -al cual llevamos años y años tratando de “curarle un cáncer a punta de merthiolate”- es importante hacer un poco de memoria histórica de lo que ha sido el sobrediagnóstico que se le ha realizado al mal endémico que sufre esta importante fuente hídrica sin ningún resultado resaltable.

Para no ir tan lejos y no ser tildado de extremista, tan solo en el año 2008 se planteaban distintas soluciones. Entre ellas se destacó el intento de purificación mediante la utilización de hiperoxidación química, célebre por sus titulares de prensa y no por el éxito en sus resultados, contrato que llevó a concluir que, a pesar de ese tratamiento, el agua seguía contaminada y con lodos de costosa disposición, sumando esta solución “innovadora” a la lista de fracasos en la recuperación, intentos que a la fecha han hecho que tanto el caudal del río como el de dinero estén perdidos. 

Desde luego el dinero es importante, pero lo más valioso que hemos perdido es el tiempo. Si tan solo tuviéramos gobernantes que pensaran más allá de cuatro años y buscando el beneficio para los colombianos, la solución hubiera llegado hace más de cuarenta años, como sucedió con el río Rin, que en los años 60 fue una de las fuentes hídricas más contaminadas de Europa, o el desentierro del río Cheonggyecheon en Seúl (Corea del Sur), el cual pasó de ser el subterráneo de una autopista a convertirse en el símbolo de la recuperación del espacio público. Pero como casi todo en Colombia, vamos en contra de las tendencias innovadoras, o hacemos la más usual, que es poner el palo en la rueda a quienes tienen la valentía de proponerlas.

El río Bogotá no es solo de la capital, por lo que no es deber exclusivo de esta ciudad tender a la recuperación, aunque sí debe asumir el mayor grado de responsabilidad en los fracasos que al final no terminan sino en anécdota. Revivir el río debe ser trabajo en equipo, con seriedad y desligado de cualquier interés personal más allá del querer algún día llevar a hijos o nietos a que puedan disfrutar lo que personas de mi generación no hemos podido hacer: un río limpio, transparente y con desarrollo sostenible a sus alrededores. 

Si bien el Consejo de Estado ordena la inversión de ese dinero en la recuperación, esos recursos también deberían destinarse a generar conciencia y llevar a que se entienda que el río no llegó a ser lo que es hoy por causa de la inercia, sino porque somos los malos ciudadanos, riberanos y empresarios quienes hemos causado este mal y la catástrofe ecológica no solo al río, sino también, como al fumador pasivo, al río Magdalena -el cual se alimenta del Bogotá-, que ya está presentando síntomas de cáncer. ¿Seguiremos en la terca idea del merthiolate? 

Parte de la solución de la navegabilidad del río Magdalena empieza por recuperar el río que lleva el nombre de la capital del país, por lo que no solo se requiere de decisiones concertadas entre los diferentes entes relacionados con el tema, sino que se necesita acertar con soluciones tecnológicas verificables que permitan darle al río las condiciones para que recupere su capacidad de regenerarse, rescatando a su vez la capacidad de transporte y su transparencia natural. 

Es una oportunidad única para que las universidades del país puedan presentar alternativas y se integren a la solución a través de la innovación, ofreciendo resultados que garanticen cumplir con los objetivos de recuperación. En este momento no podemos darnos el lujo de poner paños de agua tibia o de quedarnos estancados en discusiones de lo que pudo ser y no fue. Es hora de actuar: debemos diseñar el futuro del río pensando en el ahora, con resultados visibles en el corto, el mediano y el largo plazo, que permitan de alguna manera reivindicar la deuda pendiente que se tiene en Colombia con el medio ambiente y el bienestar de los ciudadanos.