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Respuestas equivocadas Parte I

Al parecer, aún no hemos podido entender a los emprendedores ni el propósito del emprendimiento. Como miembro de la Junta Directiva de la Asociación de Emprendedores de Colombia, Asec, y mentor en procesos de emprendimiento digital, he tenido la oportunidad de hacer una radiografía de la situación. ¿Mi conclusión? Más que un escenario esperanzador, nuestros emprendedores viven el mismo calvario de un paciente que hace el paseo de la muerte en cualquier EPS del país.

Durante años hemos recorrido indistintamente, por inercia, sin estrategia y guiados solo por el afán de ejecución pública, un camino que no diferencia entre determinación y propósito. Tampoco nos sentimos cómodos hablando sobre emprendimiento en el entorno macro del país, pues no hemos podido balancear las dos grandes formas de aproximarnos a estos temas: la primera, entendiéndolo como política social, principalmente pensado para la generación de ingresos. Y la segunda, abordándolo como una política de desarrollo económico, capaz de jalonar el crecimiento de la economía colombiana.

Solo hasta hace poco tiempo la temática del emprendimiento dejó de tener una vinculación exclusiva con los jóvenes que le daba ese matiz de autoempleo. Con los avances en la conversación nacional y la sofisticación de las entidades públicas y privadas que apoyan a los emprendedores podemos ser testigos de un cambio sustancial. Sin embargo, con paradigmas como “necesitamos parecernos más a Sillicon Valley” o “debemos buscar unicornios” tendemos a definir al emprendedor como una figura heroica, capaz de revolucionar industrias, dinamizar economías regionales y solucionar los problemas del desempleo.

Por ahora nos hemos limitado a generar estadísticas sobre la contabilización de registros mercantiles como un gran logro económico, dejando de lado la generación de estructuras empresariales capaces de hacer crecer las existentes. Según estudios de la CAF, países como Colombia son dos veces más propensos a la creación de nuevas empresas, pero seis veces menos capaces de generar compañías con más de 50 empleados y tres veces menos dispuestos a crearlas con más de 10 empleados. Esta limitante condición hace imposible que nuestro tejido empresarial logre eficiencias que nos permitan trazar sendas de crecimiento para competir a nivel internacional.

A ello se suma la tasa impositiva de tributación total para las empresas, que en Colombia alcanza 68 %, (el Banco Mundial la fija en 75 %). Así las cosas, Colombia es el tercer país con las tasas más altas en América Latina. Solo para contextualizar, vale la pena mencionar que los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, Oecd, la tienen en promedio en 24 %; los países de la Alianza del Pacífico en 27 % y el resto de América Latina, en 46,7 %.

En un país donde emprender es sinónimo de rebusque, es claro que nos estamos haciendo las preguntas equivocadas y estamos recibiendo la respuesta estatal incorrecta. Lo cierto es que en lugar de impulso, el Estado ha puesto “el palo en la rueda”. Al menos es lo que sugiere la postura de Daniel Arango, viceministro de desarrollo empresarial; quien no ha manifestado su posición públicamente, pero en privado detiene las propuestas que buscan mejorar las condiciones para los emprendedores. Una lástima, pues, al parecer, no dimensiona su acción como un elemento clave para el desarrollo del país.