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Analistas 30/07/2026

¿Perder es ganar un poco?

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ
La República Más

Hay algo que siempre me ha llamado la atención del fútbol argentino. Sus jugadores parecen estar programados para competir hasta el último segundo y nunca bajar los brazos. Corren cuando otros caminan y creen cuando otros incluso entran derrotados. Esa capacidad para convivir con la presión explica buena parte de sus triunfos y es una lección extraordinaria para cualquier líder.

Aunque hay otro rasgo que también merece atención. Cuando ganan, con frecuencia cruzan la línea que separa la confianza de la arrogancia. Cuando pierden, muchos no logran contener la frustración y aparecen el insulto, la agresión o la necesidad de encontrar un culpable. La victoria y la derrota parecen venir del mismo lugar: el ego que sigue queriendo entender que el éxito está solo en el resultado. Tan solo si lo miramos, el mundial es una competencia en la que se sabe, desde antes de iniciar, que será uno el campeón del mundo.

Y esa no es una conversación sobre Argentina, el mundial o las lecciones que se pueden sacar de esa competencia. Es una conversación sobre nosotros, pues todos creemos ser buenos líderes mientras las cosas salen bien. Es fácil hablar de serenidad cuando el negocio crece, cuando el ascenso llega, cuando el proyecto funciona o cuando el marcador está a favor. El verdadero examen comienza cuando la realidad contradice las expectativas.

Entendemos que el éxito es el resultado, lo que nos obsesiona y nos distrae de los verdaderos aprendizajes. La palabra éxito viene del latín “exitus”, que significa literalmente ir hacia afuera. Es una acción que no está atada a un resultado y nosotros la convertimos en la obsesión para señalarnos como fracasados. La derrota tiene una virtud que el resultado jamás tendrá: mientras ganar alimenta la idea que tenemos de nosotros mismos, del personaje creado, perder nos genera una controversia entre nuestro ser y quiénes somos cuando esa imagen se rompe. Por eso el fracaso no construye el carácter; lo expone.

En las organizaciones ocurre exactamente lo mismo. Hay líderes que, mientras los indicadores son positivos, hablan de trabajo en equipo, confianza y propósito. Pero basta un trimestre difícil para que aparezcan el control excesivo, la búsqueda de culpables, el miedo y la agresividad. No cambió el liderazgo. Desapareció el escenario que ocultaba sus debilidades.

Nos educaron para perseguir la victoria, pero casi nadie nos enseñó a convivir con la derrota y aprender y disfrutar el proceso. Crecimos creyendo que perder era un accidente y no una parte inevitable del camino. Entonces, cada fracaso se convierte en una amenaza para la identidad. Dejamos de preguntarnos qué podemos aprender y comenzamos a defender el ego. Justificamos, culpamos, atacamos o negamos. Cualquier cosa antes que aceptar que el resultado también tiene algo que enseñarnos.

Quizá por eso muchas personas alcanzan el éxito sin alcanzar la capacidad para entenderlo y sostenerlo, pues al final el resultado es vacío cuando no ha habido transformación en el camino. Nos enseñaron más a ganar que a ver el pasto del vecino, a envidiar en vez de admirar, y a vernos a nosotros mismos en la derrota. Y cuando eso ocurre, el triunfo se convierte en arrogancia y la derrota en frustración. Ambos extremos nacen del mismo lugar: creer que el valor personal depende del marcador.

Vivimos obsesionados con levantar trofeos, alcanzar metas y coleccionar victorias. Sin embargo, el verdadero liderazgo no consiste en ganar siempre. Consiste en desarrollar una estabilidad emocional que permanezca intacta cuando el resultado cambia. Porque el éxito pasa, el fracaso también, pero el carácter que surge del aprendizaje permanece.

Tal vez el mayor aprendizaje del deporte no sea enseñarnos cómo ganar. Tal vez sea recordarnos que nadie está preparado para sostener una gran victoria si antes no se convierte en un maestro de la derrota. Porque, al final, ganar nunca fue levantar un trofeo. Ganar siempre fue la persona en la que uno se convierte mientras aprende el arte de perder.

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