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La suerte de un mal líder

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Desde hace meses los titulares de los diferentes medios de comunicación se ocuparon de la huelga de pilotos de la aerolínea Avianca -liderada por Jaime Hernández, presidente de la Asociación Colombiana de Aviadores Civiles (Acdac)-, quienes con su cese de actividades lograron poner en jaque la operación nacional de vuelos. Mucho se dijo a lo largo de este pleito y se sintieron voces de solidaridad de ambas partes. En la mitad, el usuario que nada tenía que ver en esta puja, pero que sin duda fue el más afectado, por lo que el paro resultó siendo declarado ilegal.

Durante la vigencia del cese de actividades me abstuve, mordiéndome los dedos, de pronunciarme en este espacio al respecto, pues tengo varios amigos pilotos y muchos miembros de Acdac, que para mi sorpresa estaban apoyando el cese de actividades que tenía fecha de caducidad, pues desde el comienzo, mas allá de la reivindicación de derechos laborales, lo único que se evidenciaba era el oportunismo y pésimo liderazgo del hoy expiloto de Avianca Jaime Hernández, quien, ciego de venganza, llevó al desempleo a varios pilotos que lo único que hicieron fue creer que realmente se estaba luchando por sus derechos.

Era absolutamente evidente para cualquiera que esta puja iba a terminar de esta manera, no por que Avianca estuviera abusando de sus pilotos, sino porque, por el contrario, el procedimiento por el cual se pretendió reclamar la reivindicación de sus derechos fue más la obsesión de un mal líder que la verdadera lucha que él decía representar. Es lamentable cómo la suerte de un pésimo liderazgo terminó condenando a muchos pilotos a perder la oportunidad de trabajar en esta aerolínea que, seguro, brinda las mejores condiciones laborales en el mercado colombiano.

El error de muchos fue el error de uno. No solo es inconcebible cómo sus asesores dejaron que la testarudez de una sola persona llevara a una empresa a tener que decidir despedir a sus empleados -al fin y al cabo, uno de los mayores activos-, sino que esa terquedad terminó por afectar a todos los colombianos que por esas fechas necesitaron transportarse por el país.

En esta columna no trato de defender ninguna posición en particular, pero sí evidenciar cómo los errores de un mal líder hicieron que muchos saltaran a un abismo sin paracaídas, sin plan b y sin plan de contingencia. ¿Habrá evaluado las consecuencias de dejar sin empleo a tantas personas? Seguro que no. Él, por su parte, seguirá devengando seguramente alguna remuneración por parte de la Asociación que dirige, mientras los demás nuevos desempleados lo ven desde sus casas sin posibilidades jurídicas que les permitan retroceder el tiempo y tomar otro tipo de decisiones.

El capitán Hernández fue víctima de su propia incompetencia y con esta se llevó al traste a todo un país y a sus afiliados. Su actuar desafortunado es la radiografía de muchos líderes sindicales con agenda propia, mientras sus agremiados creen genuinamente que los están representando frente a lo que ellos consideran que no es justo. Este no es el momento de llorar sobre la leche derramada, pero sí -en época electoral- de aprender de las lecciones de otros y elegir muy bien los líderes que representarán nuestros intereses como país, para no estar lamentándonos en el futuro por decisiones que nos pueden salir muy caras. Como dicen por ahí, ¡el balón está en nuestro campo!

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