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La desconexión se repite

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Guillermo Cáez Gómez

Hoy es un día diferente, es un día que tiene un escenario de descontento para una parte importante del país. Con independencia de si la movilización es considerada política o no por algunos sectores, lo cierto es que existe -no solo con este Gobierno- un malestar por lo que ha sido la desatención casi total hacia una gran porción de la población del país, explotando en las manos de esta administración una bomba de tiempo llamada desigualdad.

No podemos desconocer la íntima conexión que existe entre los diferentes movimientos en todos los países. Movimientos como los indignados en España o los chalecos amarillos franceses sirvieron de inspiración para que en los países latinoamericanos empezaran a levantarse voces de desencanto con el modelo actual, pidiendo a gritos la hora de entrar en cambios significativos.

Acontecimientos como los sucedidos en Chile, Ecuador y el movimiento que se está dando hoy en Colombia no son más que la válvula de escape que la sociedad ha encontrado a causa de tanta desigualdad. En el caso de Colombia, somos el segundo país del mundo con mayor índice de desigualdad entre los ciudadanos, sin que esa brecha haya sido una preocupación real de los últimos gobiernos y, de nuevo, no aprendemos de nuestra propia historia.

En Colombia el origen del conflicto armado nació de la desigualdad; si bien este tipo de lucha no está legitimada y sí condenada, no podemos hacernos los ciegos, sordos y mudos ante la protuberante evidencia. Por otro lado, tal como pasó en la etapa previa a la Revolución francesa, el mundo casi de forma generalizada está repitiendo la desconexión que en su momento estaba viviendo el modelo monárquico frente a su “pueblo”, esa falta de empatía entre el establecimiento de la época y su terquedad al cambio obligó a que, por la fuerza, fuera tomado el poder y establecido un nuevo modelo económico.

El nivel de intensidad de protesta en Chile, que en teoría era un país ajeno a estos fenómenos, es la muestra clara de que no estamos haciendo la lectura correcta y que el pulso que estamos tomando a nuestra sociedad y sus necesidades están lejos de ser los mismos de la agenda de los gobiernos, que por décadas han dejado que sea tan solo el ejército quien haga la presencia que le corresponde al Estado, olvidando que la sola sensación de seguridad no es suficiente en un Estado social de derecho.

Si bien con este contexto no pretendo servir de trinchera para la violencia o para validar cualquier acto que desestabilice al país, ni mucho menos pretender instaurar un régimen socialista, sí tiene esta columna el objetivo de prender las alarmas en este Gobierno con el único propósito de construir un modelo de sociedad que rompa el abismo que hay entre los ciudadanos.

Lo primero que debe hacer el Gobierno es dejar de oír sus propios pensamientos. No desconozco que ha habido avances importantes en algunas materias, pero tampoco soy ajeno a sentir que por tener los reflectores puestos en un solo lado, hemos dejado de hacer visibles una cantidad de necesidades que deben ser urgentemente atendidas. Así algunos sectores quieran hacer ver que el país pasa por su mejor momento, no podemos negar que algunas cosas pueden marchar bien, pero si el país grita un cambio, esa voz hay que oírla, pues de lo contrario corremos el riesgo de que el cansancio sea de tal magnitud, que ya no sea disuasiva la fuerza -como pasó con la monarquía francesa, los zares de Rusia, etc.-. Así que, más que terror, lo que debemos sembrar son las bases para los cambios reales.

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