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Analistas 07/04/2022

El crimen de pensar diferente

Guillermo Cáez Gómez
Socio en Cáez Muñoz Mejía Abogados

El pasado fin de semana fue conocido el intento de censura violenta contra la directora de Noticias Uno, Cecilia Orozco, a quien, al mejor estilo del cartel de Medellín, enviaron un carro fúnebre a seguir su ruta (como cuando se enviaban coronas de flores con el nombre del destinatario). Sobra decir que me solidarizo con Cecilia Orozco quien valientemente ha realizado su labor periodística desde una aproximación diferente y que claramente no le gusta a un sector que quiere, con ese tipo de amenazas, callar a quien se ha atrevido a denunciar.

En Colombia pensar distinto se volvió hace muchos años una actividad peligrosa. La muerte de líderes sociales o defensores de derechos humanos demuestra que la Colombia que creímos superar en los años noventa no se quedó atrás y, por el contrario, seguimos sumando mordazas a medios de comunicación, periodistas y líderes de opinión que temen por su vida y las de su familia por el solo hecho de no estar de acuerdo con el estatus quo.

Parece que como sociedad algo no está funcionando bien. Luego de conocerse esa macabra y reprochable amenaza contra Cecilia Orozco, las redes sociales -en especial Twitter- se llenaron de mensajes de solidaridad, así como de otros que celebraban ese tipo de amenazas con la justificación de que los amenazados no piensan como ellos. Qué difícil es construir en una sociedad en la que juzgar, imponer visiones de forma violenta y no respetar al contradictor hacen parte del ADN de nuestra nación.

Todo tipo de censura debe ser rechazada. Desde tildar de “Nazis” a medios de comunicación, como amedrentar a los periodistas que cumplen con una función de control social independiente que permite poner sobre la mesa una alternativa de pensamiento y la crítica un establecimiento que por años ha perpetuado un sistema que nos tiene sumidos en una profunda crisis social, institucional y económica.

No todo está mal, pero la resistencia al cambio nos está llevando a caer en extremos que no son necesarios y no permiten la construcción de sociedad. Hemos acabado con la dialéctica como principio para la construcción de verdades colectivas que nacen de la lealtad en la confrontación del argumento y pasamos a los ataques personales, familiares o físicos para tratar de callar y tener la razón.

En Colombia es urgente cambiar los referentes. Con esto me refiero a que por muchos años los referentes para algunos sectores del país -sobre todo los que tienen menor acceso a educación- han sido delincuentes que forjaron fortunas y vivieron su vida llena de lujos, alcohol y mujeres como símbolo de grandeza y poderío. No podemos juzgar del todo (y con esto no estoy validando o promoviendo alguna actividad ilícita) a quienes encontraron en ese estilo de vida una oportunidad que les fue negada por un sistema que lo único que se dedicó fue a premiar a unos pocos en perjuicio de la gran mayoría.

Por eso, a pesar de que el foco de la discusión electoral se encuentra en otros asuntos del país, en esta coyuntura es importante que también entre en la agenda el compromiso de garantizar por todos y cada uno de los candidatos que Colombia sea un país en el que se opine sin miedo, se investigue sin presiones y se permita que quienes estén del otro lado de la balanza del poder no tengan que sufrir por realizar su trabajo. Lo curioso de todas estas amenazas es que me recuerdan a la perfección con la frase que le atribuyen a Cervantes: “Sancho, dejad que los perros ladren, es señal de que cabalgamos”, ¡Amanecerá y veremos!

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