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Del caos al saboteo

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Bogotá, la ciudad de todos, se volvió la ciudad de los odios gracias a Gustavo Petro. En su alcaldía se amplió la brecha de la lucha de clases, pues lo único que hizo en sus cuatro años de desgobierno fue dejar la ciudad sometida a una de las crisis más altas de gobernabilidad, por cuenta de la nula ejecución de proyectos de alto impacto frente a la problemática de la ciudad.

En resumen, su administración sumió a Bogotá en un caos, no solo por las innumerables obras sin terminar o sin realizar -a pesar de haber hecho el cobro por valorización- sino porque todos los bogotanos terminamos pagando (con nuestros impuestos) las multas que se impusieron a causa de la ilegalidad del esquema de basuras que arbitrariamente decidió instaurar en Bogotá para, luego de su probado fracaso, tener que adjudicar el negocio de las basuras a los privados que decía combatir.

Debo reconocer que cuando Petro anunció la iniciativa de generar un esquema público de recolección de basuras en la ciudad, incluso desde este espacio apoyé la idea -siempre y cuando se hiciera cumpliendo las normas de competencia-.

No es ajeno a ningún sector que la idea de generar una empresa pública sólida en materia de recolección es una propuesta sensata, pero, por el contrario, en una pelea de egos y cual emperador de segunda impuso el esquema que llevó a multimillonarias pérdidas a la empresa de acueducto (bajó su calificación de riesgo) y creó una bomba de tiempo de manera calculada para que le explotara en las manos de otro.

No contento con el estado del caos creado, hoy pasó a ser el saboteador número uno de las políticas públicas de la actual administración. Para nadie es un secreto que Gustavo Petro y su discurso de clases tienen una influencia potenciadora y destructora dentro de cierto sector de la población, al que usa a su antojo para lograr sus objetivos electorales.

Pasó del caos al saboteo cuando desde su equipo de trabajo -incluido el concejal Hollman Morris- alentaron y echaron gasolina al fuego para que lo que empezó siendo una protesta pacífica terminara en la destrucción del patrimonio de la ciudad y su lógica consecuencia en la imposibilidad de la recolección de basuras que, tal como pasó en su administración, inundó a la ciudad de desechos. En el pasado fue el actor material y ahora el intelectual.

Es absurdo, en un periodo de supuesta paz, que un discurso como el de Gustavo Petro tenga tanta acogida, no solo por su manifiesta incapacidad administrativa, probada por el hecho de que ninguno de sus amigos cercanos y con quienes comenzó en su gabinete (Antonio Navarro Wolff y Daniel García Peña) y otros más no pudieron soportar el tono dictatorial de Petro y el absolutismo en su administración distrital.

Sin pensar que Colombia sea Venezuela, ¿quiere usted un gobernante que nos divida aun más y además acabe con el modelo productivo del país? Por más llamativo que sea su discurso, el “programa piloto” lo hizo en Bogotá: basta visitar la ciudad para predecir lo que va a suceder en el país si es elegido presidente de Colombia.

Colombia no tiene la riqueza de Venezuela y una recuperación de una crisis parecida nos llevará a ser el nuevo Haití por varias generaciones. De nuevo, el llamado es para que, antes de votar por uno u otro candidato, haga uso razonable del voto y así en el futuro no esté añorando la Colombia de hoy y renegando de la Colombia Humana del mañana.

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