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Analistas 17/06/2021

Conciencia colectiva

Guillermo Cáez Gómez
Socio en Cáez Muñoz Mejía Abogados

Desde tiempo atrás Colombia padece uno de los más grandes problemas sociales: inconsciencia colectiva. Este mal ha sido el combustible para que hoy el país esté dividido en dos grandes extremos: hoy se tilda de guerrillero a quien apoye la reivindicación de derechos y, por el contrario, a quienes piensan diferente se les tilda de paramilitares. En la mitad, hay un grupo que no quiere pertenecer a uno u otro bando, pero que de ambos lados recibe piedra por no apoyar al otro.

Hace poco me preguntaron -según mi punto de vista- cuál era el conflicto de las manifestaciones en el país. En ese momento le hablé a mi amigo español sobre la desigualdad del país, las deplorables condiciones en las que viven millones de compatriotas que por décadas y generaciones han tenido que ver cómo la historia se repite y cuya vida, a pesar de tener ganas, ideas e incluso resiliencia, no es otra que una condena a la pobreza e invisibilidad. Este amigo con asombro trataba de digerir cómo en Colombia había municipios sin servicios públicos, sin vías, sin escuelas y sin centros de salud. No podía entender cómo nos promovemos como un país próspero cuando mantenemos en la sombra -como si fuera basura debajo del tapete- a la población más vulnerable. ¡Nos maquillamos para parecer, pero con agua se nos cae la mascarilla!

Esa reflexión con aquel amigo en un país sin esas necesidades y con el privilegio de estar ahí me recordó que Colombia es un lugar donde pocos nos damos el lujo de crecer y muchos tienen la obligación de fracasar en sus sueños. No porque el sistema sea selectivo y nos escoja a unos y a otros no, como si fuera una especie de Matrix que nos programa el futuro. ¡No! Es sencillamente porque nuestro sistema está diseñado para el fracaso y la eterna frustración.

Leo a personas de mi círculo cercano, que quiero y los siento lejanos en conciencia, no porque yo la tenga y hable desde un pedestal de autoridad moral. Por el contrario, me he equivocado en mis apreciaciones y por eso hoy mi línea de pensamiento trata de conectarse mucho más con una realidad colectiva y no con un privilegio personal. Queridas lectoras y lectores: hoy solo vengo con el propósito de que a quienes tengan la oportunidad de leer esta columna les sirva como semilla para cuestionarse (no juzgarse) sobre el statu quo. Que ese cuestionamiento nos permita salir y no nos quedemos como aquel sujeto del chiste flojo que va conduciendo por la autopista y oye que en la radio anuncian alarmados “hay un tipo manejando en contra del sentido de la vía”, a lo que dice el conductor responde: “no es uno, son muchos”.

Así como él, yo creía que eran los millones de colombianos en extrema pobreza quienes eran molestos, improductivos y desocupados al salir a protestar (como si fueran en contra del sentido de la vía). Hace un tiempo me di cuenta de que quien iba en contra del sentido de la vía era yo, era yo quien desde mi suerte o privilegio juzgué a quien no tuvo y, como vamos, no tendrá la oportunidad de hacer lo que anhela. Los juzgué y califiqué como si yo no hubiera tenido que ver cómo mis padres sacrificaron sus propios sueños, su vida y su bienestar solo porque yo tuviera una pequeña oportunidad de realizar mis sueños. Es por eso que quiero llamarlos a que intenten buscar su propio estado de conciencia colectiva como punto de inicio del cambio social que clama el país y que, luego de esto, mandemos al carajo a esos líderes que se alimentan, se aprovechan y se benefician de la división del país.