Los pilares del desarrollo equitativo son la educación y la sana expresión de la justicia, lo cual han dicho connotados gobernantes, sin que se hayan aplicado como debieran, pese a los esfuerzos realizados para brindar educación universal de calidad y suministrar justicia cada vez más lejos de la debida sindéresis. Por eso retomo apartes del discurso de posesión como presidente de la República de José Vicente Concha Ferreira el 7 de agosto de 1914.

“La paz no nació en ningún tiempo, ni nacerá nunca, sino del predominio de la justicia y la justicia es el reconocimiento del derecho, que no respira sino en el ambiente de la libertad. La justicia por la excelencia de su virtud ilumina y serena las mentes, domina y rige las voluntades, ahoga las pasiones y señorea las sociedades, dando un trono a la paz, la paz que trajo Cristo al mundo con su doctrina, la que legó a la humanidad como fundamento de su civilización”.

Recordaba Concha al presidente del Congreso Pedro Fernández Madrid quien años antes había dicho que “sí pues, nuestra primera necesidad y condición de nuestra existencia es la paz, guardémonos de perturbarla, autorizando el dominio de una ideología sobre otra. La República ha experimentado ya ese género de despotismo: el más cruel y temible, porque es el más hipócrita de todos. Para evitarlo, los encargados de dirigir las cosas públicas deben colocarse con todos sus resortes de política y fuerza, en una altura a la cual jamás alcancen las temerarias instigaciones del espíritu de bandería”.

Decía, “ora vivamos los nobles ideales de un espiritualismo, que no pocos miran ya como caduca escuela; ora se entre de golpe en la arrebatada corriente de los enloquecidos apetitos de un progreso meramente material. Hay que dar a la educación y la instrucción del pueblo el lugar preferente, en las labores de una sociedad bien organizada. El Estado carece de facultad legítima de coerción para llevar a los niños a los bancos de la escuela, pero tiene el deber ineludible de suministrar a los padres de familia, los medios adecuados y conforme a sus creencias para instruir a sus hijos. La instrucción y la educación son las que emancipan a los hombres, porque, llevando la luz a sus inteligencias, los hacen consientes, les dan los medios mejores de ejercer la actividad individual y les tornan realmente aptos para cumplir los deberes de ciudadanos de un país libre, cuya primera riqueza, desde antaño se observó, la constituyen los hombres”.

“Para esparcir esa luz ningún esfuerzo ni sacrificio serían bastante, y para ello es menester llevar al maestro, precursor de la civilización, no solo a las ciudades, sino a las aldeas, a los campos, a los más recónditos lugares; pero elevando la condición de ese obrero del bien, sumido hoy en la miseria; colocándolo en el puesto a que lo hacen acreedor sus merecimientos y servicios. Mientras la Nación no cumpla esa obligación elemental, por medio de diferentes órganos gubernativos, ni tendrían eficacia, ni serían lícitas otras empresas de un mentido progreso”.

Ojalá no perdamos otros más de 100 años en esto.