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Regresión humanitaria

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Cada vez que como seres humanos nos enfrentamos a una crisis humanitaria, de una forma u otra nos sentimos afligidos, puede que estemos directamente afectados o, como en la mayoría de los casos, únicamente lo sintamos desde un panorama netamente informativo. Sin embargo, es increíble el sentimiento que aflora cuando se puede palpitar la pena al mismo ritmo que las víctimas, y en ese momento comprendemos que las cifras de miles y millones, no significa que dejen de ser personas reales, cada una de ellas. Cuando los testimonios que vemos por medio de una pantalla tienen lágrimas de verdad como las de cualquiera de nosotros, heridas con sangre auténtica y llenas de desesperación, pero sobretodo el verdadero dolor.

Los 85.000 niños muertos de hambre en Yemen, son 85.000 almas puras, niños con la misma felicidad y brillo en los ojos como cualquier otro; es, además de imposible, doloroso imaginarse solo por un momento y en tiempo real que un niño pueda morir de hambre bajo la mirada de nuestros propios ojos, y es aún más desgarrador imaginarse a 85.000 de ellos en las mismas condiciones.

Las 2,3 millones de personas que han salido de Venezuela, son personas reales, que han tenido que dejar todo lo que conocían y a lo que estaban acostumbrados, que se han tenido que separar de sus familias como si se las hubieran desgarrado de la misma alma, son personas que han caminado por carreteras durante días, todas esas personas reales que han derramado tanto sangre como lágrimas por su infernal condición, comprenden desde adultos mayores como nuestros abuelos, jóvenes como nuestros hijos, niños como nuestros nietos, mujeres embarazadas que deben esconder su dolor, cansancio y hambre porque como el camino de su éxodo, es el único.

Es increíble cómo los seres humanos hemos desarrollado cada vez más la capacidad de evolucionar, crear por medio de nuestro ingenio una vida cada vez más fácil, comunicarnos entre nosotros con miles de kilómetros de distancia, desafiar las leyes de la naturaleza e incluso llegar a entender nuestra propia psicología.

Sin embargo, aún nos dejamos cegar por la ambición, el poder, la pasión y el ego que, como líderes de naciones, solo nos llevan a provocar verdadero sufrimiento y dolor, y toda aquella evolución, queda reducida a absolutamente nada, porque nos estamos muriendo de hambre, como cuando no sabíamos cazar; estamos comportándonos como nómadas, como cuando no conocíamos la agricultura; estamos privándonos de nuestra propia libertad, como cuando creíamos que dentro de la raza humana existía una superior; nuestras culturas se están extinguiendo, como cuando irrumpimos en las tierras de otros para robárselas.

Y es justo en ese momento que nos damos cuenta de que todas las décadas de educación que hemos tenido son tan livianas como una pluma si las ponemos en la balanza con la falta de principios y razonamiento, pues cada día tenemos menos.

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