Estamos a poco más de 60 días de terminar el año más duro que recuerde nuestro país, pero ni siquiera la pandemia del coronavirus ha sido capaz de sustraer de la agenda sindical el viejo vicio de “pedir lo más, para alcanzar lo menos”; esa parece ser la consigna con la siempre desgastante negociación del salario mínimo, pero nunca antes esta negociación se hacía en un año con una economía tan lastimada tal como en 2020.

Varias agremiaciones de trabajadores han empezado a develar sus cartas, indicando que llegarían a la mesa con una cifra no menor a un aumento de 15% del salario mínimo. Así lo hicieron Fecode y la CUT.

Un aumento en esas proporciones no es otra cosa distinta a una afrenta directa a la sana lógica bajo la cual deberíamos estar negociando el salario en un año tan crudo como éste. Usualmente la fórmula de negociación va de la mano del aumento de costo de vida, la productividad laboral, y la inflación proyectada, entre otros factores que no pueden perderse de vista.

Con propuestas tan descabelladas y una fractura tan grande entre lo demandado y lo posible, se pierde una muy buena oportunidad de arrancar el año 2021 con una cohesión entre empleado, empresario y gobierno; sin embargo, con lo que están pidiendo los trabajadores, le estaríamos dando la un golpe de gracia al sector empresarial que apenas empieza a sacar cabeza, pero que no ha logrado superar ese valle de la muerte creado por el cierre de la economía a principios de año.

Un aumento cómo los ocurridos en años pasados, los cuales oscilaban entre 6% y 7%, pueden ser vistos como insuficientes ante la necesidad de incentivar el consumo y la confianza del consumidor para empujar la economía, sin embargo, no podemos ser irresponsables y terminar de ahogar a la empresa al punto que se profundicen los índices de desempleo que bastante deteriorados están.

Las empresas colombianas deben servir como casa común y no como cota de caza; la protección de la empresa debe ser absoluta y no debería ser un tema de discusión partidista; disminuir los costos laborales no salariales, los fueros y una excesiva parafiscalidad podría dar campo a que se traslade directamente a los trabajadores un mejor salario, pero hasta tanto esto no pase, condenar a las empresas a una muerte segura con un aumento de 15% del salario mínimo destruiría lo que con tanto esfuerzo hemos buscado proteger durante este año: el sustento de miles de familias y millones de compatriotas.

La invitación, entonces, no es otra que proponer tanto a las agremiaciones sindicales como a los empresarios para realizar un esfuerzo que verdaderamente responda a las exigencias de estos tiempos dantescos que no hacen más que agregar temor a la economía. El salario debe aumentar, especialmente si tomamos en cuenta que la inflación proyectada de este año es bastante baja en comparación con los años anteriores, pero no podemos, a partir de un aumento del salario mínimo, generar una presión inflacionaria, un deterioro de las relaciones laborales y la destrucción de puestos de trabajo, sobre todo cuando apenas vamos a mitad de camino en la lucha contra el coronavirus.