Los ataques contra la propiedad como institución se veían venir desde hace tiempo, mientras su defensa apenas se insinúa. No hay una conciencia social generalizada sobre la importancia que tiene como base de nuestro sistema de organización política, con el cual está indisolublemente unida.

El establecimiento no cree en la inminencia de la amenaza. No dimensiona el peligro, ni entiende que las libertades políticas son insostenibles sin la correspondiente libertad económica. Es inconcebible un país en donde se pregone el respeto al libre albedrío de los ciudadanos, siempre y cuando no pise la línea que marca el lindero con lo económico.

Ademas, se necesita una noción bien fundamentada sobre las características reales de las fuerzas económicas, sin cuyo arraigo y respeto tampoco habrá disposición seria para defender la integridad de sistema.

No puede dejarse prosperar la posición facilista de considerar que las libertades se defienden por sí solas y que, como muchos creen, es eficiente proclamarlas para garantizar su supervivencia. En la situación actual de Colombia es preciso reforzar la importancia de fortalecer los conceptos básicos, como fundamento de nuestras instituciones. Porque, si esa labor educativa deja de ser permanente o si se debilita, su defensa no tendrá ni los conocimientos, ni la decisión firme de preservarla. Y la historia nos demuestra que en los ataques demoledores contra la democracia, y en general contra los sistemas de libertades, es peor cuando se lanzan desde adentro que cuando las embisten desde afuera. Su mayor peligro de crisis es la debilidad de quienes las defienden sin convencimiento.

Por ahora, piensan los optimistas, no hay que angustiarse. Los ataques vienen de extremistas que gastan sus energías en marchas y violencia callejera, que únicamente dejan unas cuantas vitrinas rotas. Basta indemnizar a sus propietarios y el problema pasa. Olvidan que los incendios empiezan por una chispa y las revoluciones por un disparo de escopeta y, muchas veces, por un grito en la plaza de mercado.

Los episodios de las semanas anteriores son el brote público de una inconformidad subterránea, que sale a la superficie con más organización de la acostumbrada, alborotando a quienes consideran que ya llegó la revolución. ¿Llegó? No, por fortuna. No es el camino ni el tiempo, pero sí hay síntomas que deben atenderse para localizar las raíces.

La defensa de la propiedad privada no es solo un enunciado teórico, sino la protección de un derecho concreto sobre una cosa concreta, de una persona con nombre propio, que es columna vertebral de un sistema económico, sometido a un ataque continuado, cuyos defensores se deciden a defenderlo ya o callan para siempre… o los callan.