La recuperación que muestran las estadísticas de empleo es una noticia alentadora en medio de lo que se presentaba como catástrofe laboral. Las cifras estaban llegando al punto en que dejan de ser un indicador económico para convertirse en reflejo de una situación subversiva.

Ningún país resiste niveles tan exageradamente elevados de desempleo como los que alcanzaron las estadísticas de principios de año.

Independientemente de las causas, 20,2% de índice nacional de desempleo y los de algunas ciudades que alcanzaban 33%, la situación advertía una crisis social de altas proporciones.

La disminución del desempleo nos da un respiro que permite analizar con más calma el fenómeno que se está presentando en algunos sectores, como el de los profesionales recién egresados, anunciado desde antes de la pandemia.
Durante décadas, el sueño colombiano, sintetizado en el lema “estudie y progrese”, viene ligado a la educación.

El país ha cumplido las etapas con rapidez, superando el analfabetismo, la primaria obligatoria y gratuita, el bachillerato, la universidad, las carreras técnicas y las especializaciones. Cada escalón conducía, indefectiblemente, a la conquista del éxito. Un título de estudios superiores ponía fin a la vida de estudiante y marcaba el principio de su ejercicio profesional.

Salía de la universidad a un mercado laboral sediento de doctores, que pronto exigió no solo el título, sino el diploma en inglés: máster o phd. Los nuevos requisitos están a punto de dejar obsoleto el doctorado tradicional.

Hoy, el sueño está en riesgo de desvanecerse. Se obtiene el título que acredita los conocimientos, pero no los medios ni las condiciones para ponerlo en práctica. El desempleo alcanzó también a los doctores y los obligó, en multitud de casos, a ocuparse de labores para las cuales están más que calificados.

Los encontramos dedicados a trabajos menores o, francamente, desempleados. ¡Toda una legión de profesionales que son doctores, desempleados o frustrados, desempeñando oficios para los cuales ni siquiera se necesita el bachillerato!

¿Y el sueño? Se evapora.
¿Dónde se estancó el ascenso?
El joven profesional necesita un mínimo de recursos para comenzar a ejercer y ni los tiene, ni los consigue con facilidad.

¿Solución? Suministrárselos en condiciones financieramente cómodas, de manera que pueda establecerse para su ejercicio independiente. En ese momento deja de ser un problema de desempleo y pasa a ser un creador de nuevos puestos de trabajo. Comienza, entonces, a pagar el crédito.
Sin duda una financiación de este género será un auxilio eficaz para los jóvenes que hoy, en cambio de recibir su cartón de profesional, tienen en las manos solo un pasaporte al desempleo.

Un fondo de financiamiento, dirigido exclusivamente a este sector numeroso de jóvenes, haría el milagro de revivir el sueño colombiano de “edúquese y progrese”.