¿A quién se le ocurre aumentar impuestos en la mitad de una recesión?

Con dificultad, pero con la firme voluntad de salir adelante de las calamidades acarreadas por la pandemia, vamos aprendiendo a lidiar con el tema de salud, donde el precio de una equivocación se paga con vidas humanas. ¿Y la economía?

Quienes sobreviven al contagio están en trance de reacomodar su situación económica y social, pues nada será igual, ni en ellos personalmente, ni en su entorno. Despertarán de la pesadilla en un país distinto, mirando a su alrededor para verificar si continúan en el mismo estrato, si cayeron uno o dos, o si quebraron del todo. Estamos en la fase depresiva que esperamos superar cuanto antes. Lo que pudiéramos llamar una recesión instantánea, donde caímos al día siguiente de aparecer el virus por primera vez en un microscopio local.

Que el Estado debe intervenir está fuera de discusión. Su papel es definitivo si se quiere evitar una depresión o salir de ella. Hoy seguimos con parálisis productiva y la población encerrada en confinamientos inescapables.

Sin embargo, aún en un arranque de la recuperación con grandes dificultades, es admirable el ánimo de la gente, dedicada a trabajar, aunque tenga que comenzar por reinventar su empleo.

Hasta ahora se ha escogido un mecanismo de ayudas individuales, con créditos blandos que reaniman empresa por empresa y subsidian consumidor por consumidor.

El mecanismo opera en situaciones de emergencia para salir de una crisis aguda y de corto plazo, pero para un término más prolongado se necesita una política de apoyo institucional que estimule la superación de las recesiones y aumente los alicientes de los factores que determinan el crecimiento de la oferta y demanda nacionales, la recuperación de mercados internacionales y el entusiasmo exportador. Es decir, con estrategias que nos devuelvan al camino del crecimiento y alejen, definitivamente, el fantasma de una deflación.

Pero, para sorpresa general, comienza a hablarse de una reforma tributaria que, como bien se sabe, es el eufemismo usado para decretar un alza de impuestos.

¿Qué sentido tiene pedirle al sector productivo que redoble sus esfuerzos para salir de una recesión para recibir como premio un alza de impuestos?

¿Qué sentido tiene anunciarle a los inversionistas que, como destino final, sus inversiones obtendrán rendimientos probables e impuestos mayores?

¿Cómo explicarle al empleado, cuando le aumenten el salario, que buena parte del incremento se dedicará a pagar tributos y que, si no lo ve irse por esta vía, lo devorará el alza de precios de los artículos que compre pues ahora costarán más, porque fabricantes y comerciantes recargaran los precios para poder pagar los impuestos adicionales?

Si parte sustancial del combate contra una recesión es el aumento de las rentas disponibles, el alza de impuestos las disminuye de modo directo, precisamente en los momentos de mayor desconfianza en el buen manejo del gasto público.

Ante semejante panorama, ¿a quién se le ocurre proponer más impuestos?